El cyberbullying rara vez ocurre de forma aislada y funciona como una extensión de la violencia escolar

Estudio de la Universidad Federal de São Paulo señala que los adolescentes involucrados en múltiples contextos de violencia tienen un riesgo 11 veces mayor de padecer problemas de salud mental, lo que refuerza la urgencia de integrar el combate al bullying con la prevención del consumo de drogas en las escuelas

El cyberbullying rara vez ocurre de forma aislada y funciona como una extensión de la violencia escolar
La investigación se realizó con 4.200 adolescentes (imagen: Pexels)

Por Luciana Constantino | Agência FAPESP – Un nuevo estudio realizado con 4.200 adolescentes reveló que el cyberbullying rara vez ocurre de forma aislada y que casi siempre funciona como una extensión de las agresiones físicas y verbales que ya se producen en el entorno escolar. Al mapear los perfiles de involucramiento de los estudiantes, la investigación realizada en la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), en Brasil, descubrió que las fronteras entre víctimas y agresores a menudo se entremezclan en un ciclo de violencia que atraviesa los mundos físico y digital.

Más que mapear las agresiones, el estudio plantea una preocupante advertencia: los jóvenes atrapados en esta red de múltiples contextos de bullying presentan una fuerte asociación con el sufrimiento psicológico y el consumo de sustancias como alcohol y cigarrillos. Los datos fueron publicados en la revista Psychiatry Research.

En la investigación participaron estudiantes desde el 7º año de la enseñanza fundamental hasta el 3º año de la enseñanza media. Mediante análisis estadísticos, el trabajo identificó tres perfiles de adolescentes. La mayor parte de ellos (48 %) integra un grupo que no presenta una relación relevante con ningún tipo de violencia. A continuación, representando el 46 % de la muestra, se encuentran los jóvenes que sufren bullying en la escuela con frecuencia y, en algunos casos, también lo practican, pero rara vez se involucran en situaciones de cyberbullying. Por último, una proporción menor (6 %) conforma el perfil más complejo: las denominadas víctimas-agresores en múltiples contextos, que tanto sufren como practican agresiones de manera combinada y transitan intensamente entre el entorno físico y el mundo virtual.

Aunque es el más pequeño, este tercer grupo es el que concentra las mayores vulnerabilidades. Más de la mitad (52,4%) de los jóvenes clasificados como víctimas-agresores en múltiples contextos presenta síntomas psicológicos de nivel clínico, frente al 12,5% entre quienes no están involucrados en situaciones de bullying, lo que representa una probabilidad 11 veces mayor. También existe una mayor asociación con el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas: siete de cada diez ya han consumido bebidas alcohólicas alguna vez en la vida, y el consumo de cigarrillos es casi tres veces más frecuente que entre sus compañeros que no están involucrados en casos de agresión.

“La investigación muestra que la violencia afecta al mismo joven en la escuela y a través de internet, lo que indica que el cyberbullying suele ser una extensión del conflicto presencial. Tenemos que prestar mucha atención a los jóvenes involucrados en múltiples contextos. No se trata únicamente del bullying. Incluye cuestiones de salud mental y el consumo de bebidas alcohólicas y otras drogas. No es posible separar estos factores. Este estudio refuerza la evidencia de que, en Brasil, no se puede implementar un programa dirigido únicamente a la salud mental, otro a la prevención del consumo de drogas y un tercero contra el bullying, como vemos muchas veces en las escuelas. Todo está relacionado”, afirma la profesora Zila Sanchez, jefa del Departamento de Medicina Preventiva de la Unifesp y coordinadora del trabajo.

En este sentido, el estudio refuerza la necesidad de implementar programas escolares que integren la prevención de la violencia, la atención de la salud mental y el combate al consumo de bebidas alcohólicas y otras drogas.

Cómo identificarlo

Sanchez explica que los cambios de comportamiento típicos de la adolescencia tienden a ser pasajeros. Sin embargo, la señal de alerta surge cuando el aislamiento, la agresividad, la irritabilidad o las conductas transgresoras se vuelven frecuentes y perjudican los estudios, la convivencia u otras áreas de la vida de los jóvenes.

Según la profesora, para que un comportamiento sea clasificado como bullying debe ser recurrente y no se limita a la agresión física. Puede incluir exclusión social, humillaciones, ocultamiento de objetos, comentarios sobre la apariencia física y otros tipos de insultos. “La violencia física termina siendo minoritaria y la escuela interviene para contenerla. Pero es necesario abordar el bullying de manera amplia. Los casos van desde excluir frecuentemente al estudiante de los juegos o conversaciones, haciendo que prefiera permanecer dentro del salón de clases incluso durante el recreo, hasta insultos por su apariencia, su peso y otras características. Muchas veces, esto no es detectado por la escuela”, afirma a Agência FAPESP.

Desde 2024, el bullying y el cyberbullying pasaron a ser considerados delitos por la legislación brasileña (Lei nº 14.811, del 12 de enero de 2024), tipificados, respectivamente, como “intimidación sistemática” e “intimidación sistemática virtual”, mediante violencia física o psicológica de manera intencional y repetitiva. En caso de condena, las penas varían desde multas hasta cuatro años de prisión.

Según el 20º Anuario Brasileño de Seguridad Pública, elaborado por el Foro Brasileño de Seguridad Pública (FBSP), en 2025 se registraron en Brasil 4.549 denuncias policiales de bullying contra niños y adolescentes, un aumento del 68,2 % con respecto al año anterior. También se registraron otras 677 notificaciones de cyberbullying, un incremento del 61,4 % en el mismo período. Los especialistas señalan que estos datos tienden a reflejar los casos más graves, que trascienden el ámbito escolar, y que este aumento es consecuencia de la aplicación de la nueva ley y no únicamente de un incremento de la violencia.

Sin embargo, la Encuesta Nacional de Salud del Escolar (PeNSE 2024), del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), revela una tendencia al aumento del número de estudiantes que declararon sufrir bullying en el país: pasó del 23 % en 2019 al 27 % en 2024. Asimismo, cuatro de cada diez estudiantes de entre 13 y 17 años afirman haber sido víctimas de agresiones en la escuela.

Parte de los hallazgos de la investigación contribuyó a la creación de Prisma, un programa implementado en 2026 en el estado de São Paulo, dirigido a estudiantes de 8º y 9º año de la enseñanza fundamental. Prisma se está probando en 36 escuelas estatales de seis ciudades, con la participación de casi 5.000 adolescentes (imagen: Unifesp)

Perfil observado

Uno de los aspectos diferenciales de la investigación fue la búsqueda de patrones de comportamiento entre los adolescentes, mediante el análisis de las asociaciones con síntomas psicológicos, consumo de drogas y factores sociodemográficos. Además de la evaluación mediante cuestionarios en línea, los científicos realizaron análisis estadísticos e identificaron agrupamientos probabilísticos que ayudan a comprender cómo las diferentes formas y roles de la violencia tienden a presentarse conjuntamente en la muestra (clases latentes). Normalmente, los estudios de este tipo utilizan un enfoque centrado en aspectos aislados –solo agresiones en internet o solo agresiones físicas– y datos analizados por separado.

Los resultados por género revelan que las niñas aparecen con mayor frecuencia entre las víctimas de bullying, mientras que los niños predominan en el grupo involucrado en múltiples contextos. Los adolescentes más jóvenes y los estudiantes negros y pardos tienen una mayor probabilidad de pertenecer al grupo de mayor riesgo, lo que refuerza, según los investigadores, la importancia de considerar las desigualdades sociales y raciales en las estrategias de prevención.

Uno de los hallazgos llamó especialmente la atención: el tiempo frente a las pantallas no fue un factor diferenciador entre los grupos, aun cuando la mayoría de los estudiantes pasaba cuatro horas o más al día en línea.

“No logramos diferenciar, por la cantidad de horas, los impactos entre quienes están expuestos al cyberbullying y quienes no están expuestos a ningún tipo de violencia. Tiene mucho más que ver con el grupo con el que se relacionan en WhatsApp, por ejemplo, que, por lo general, es el mismo de la escuela. Muchas veces los padres piensan que alejar a sus hijos de las pantallas los protege. La protección no depende únicamente del control del tiempo, sino de lo que el adolescente está haciendo, con quién interactúa y qué está sucediendo”, afirma Sanchez.

Al abordar el papel de los padres, la profesora recuerda otro estudio, publicado por su grupo a partir de datos de la misma muestra, que reveló que las actitudes de los progenitores siguen siendo uno de los factores más relevantes para prevenir el consumo de alcohol y drogas entre los jóvenes. Los datos indican que la forma en que los responsables educan a sus hijos puede reducir significativamente el riesgo, incluso en familias en las que los cuidadores consumen estas sustancias, incluidos cigarrillos, vapes (cuya comercialización está prohibida en Brasil) y marihuana. La reducción del riesgo se vuelve más significativa cuando la relación entre las generaciones se caracteriza por el vínculo afectivo, la presencia, el diálogo y reglas claras (lea más en: https://agencia.fapesp.br/57190).

Las investigaciones coordinadas por Sanchez forman parte de Prev.Action, Proyecto Temático financiado por la FAPESP que evalúa estrategias de prevención del consumo de alcohol entre adolescentes de cuatro municipios del interior del estado de São Paulo –Cordeirópolis, Iracemápolis, Salesópolis y Biritiba-Mirim–. La FAPESP también apoyó el trabajo más reciente mediante becas de Doctorado otorgadas al biomédico Augusto Henrique Roiz Druziani, primer autor del artículo, y de becas de Posdoctorado a Luís Eduardo Soares dos Santos.

De la ciencia a la gestión pública

Al analizar cómo se aborda la integración entre la escuela, la familia y los servicios de salud en los programas de prevención del bullying, de los problemas de salud mental y del consumo de drogas entre los jóvenes, los investigadores detectaron brechas en las políticas públicas.

Parte de estos hallazgos contribuyó a la creación de Prisma, un programa implementado en 2026 en el estado de São Paulo, dirigido a estudiantes de 8º y 9º año de la enseñanza fundamental, con el objetivo de prevenir el consumo de alcohol y otras drogas, además de reducir la violencia en el entorno escolar.

Prisma se está probando en 36 escuelas estatales de seis ciudades, con la participación de casi 5.000 adolescentes. Los profesores reciben capacitación, materiales didácticos y acompañamiento durante su implementación. Los jóvenes, por su parte, reciben 12 clases sobre prevención del consumo de drogas, del bullying y del cyberbullying , además de educación emocional. Los primeros resultados deberán estar disponibles después del seguimiento previsto para finales de año.

“La semilla de este programa surge de este estudio financiado por la FAPESP, que nos permitió desarrollar un programa en colaboración con el Estado. La investigación hizo posible poner a prueba una política pública en la práctica. El estudio identificó brechas, orientó el perfeccionamiento de las intervenciones y llevó sus resultados a la práctica escolar”, cuenta Sanchez, quien también coordina el programa.

El artículo Patterns of involvement in bullying and cyberbullying among adolescents: A latent class analysis puede leerse en: https://sciencedirect.com/science/article/pii/S0165178126003987.

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