Tela enmarañada con forma de globo: este tipo de tela se construye cerca del tronco de los árboles como forma de protección contra la lluvia. Al contener mucha más seda que las telas orbiculares, requiere más tiempo y recursos para ser reparada (foto: João Burini/Primal Shutter)
Estudio realizado en los bosques de los Andes ecuatorianos revela cómo las lluvias intensas destruyen las trampas tejidas con seda y actúan como un filtro ecológico para las especies
Estudio realizado en los bosques de los Andes ecuatorianos revela cómo las lluvias intensas destruyen las trampas tejidas con seda y actúan como un filtro ecológico para las especies
Tela enmarañada con forma de globo: este tipo de tela se construye cerca del tronco de los árboles como forma de protección contra la lluvia. Al contener mucha más seda que las telas orbiculares, requiere más tiempo y recursos para ser reparada (foto: João Burini/Primal Shutter)
Por André Julião | Agência FAPESP – En los densos bosques de los Andes ecuatorianos, la supervivencia de una araña no depende únicamente de su habilidad para cazar insectos, sino también de su capacidad para resistir una amenaza que llega desde el cielo. Un nuevo estudio reveló que las lluvias intensas que azotan la región actúan como un “filtro ecológico”, bombardeando las telarañas y determinando, en la práctica, qué especies y qué arquitecturas de seda logran dominar cada ambiente.
Realizada a lo largo de un gradiente que va desde las tormentas torrenciales de las tierras bajas hasta las lluvias suaves de los bosques de montaña, la investigación, apoyada por la FAPESP, reveló que la supervivencia de una telaraña depende de dos factores principales: su forma y el lugar donde fue construida. Los resultados fueron publicados en abril en la revista Ecology and Evolution.
La investigación forma parte del proyecto “Ampliación, cualificación y modernización del acervo de las colecciones zoológicas del Instituto Butantan, con énfasis en la taxonomía y sistemática de arañas haplóginas neotropicales (Arachnida, Araneae)”, coordinado por Antonio Domingos Brescovit, investigador del Instituto Butantan y coautor del estudio. El trabajo también contó con el apoyo del Consejo de Investigación en Ciencias Naturales e Ingeniería de Canadá (NSERC).
Los investigadores compararon cómo tres estrategias clásicas de “ingeniería arácnida” —las telarañas orbiculares (planas y circulares), las telarañas irregulares y las telarañas irregulares con estructura en sábana (ambas tridimensionales, densas y voluminosas)— responden al impacto de las gotas de lluvia.
“Las llamadas telas orbiculares suelen construirse en áreas abiertas para interceptar insectos voladores, donde sufren grandes daños por la lluvia. Las telas enmarañadas, por su parte, se construyen debajo de las hojas, donde permanecen protegidas de la lluvia. Las telas enmarañadas con forma de sábana, a su vez, suelen ser demasiado grandes para caber debajo de una hoja, por lo que tienden a construirse cerca de los troncos de los árboles, donde quedan parcialmente protegidas por el dosel”, explica la ecuatoriana Leticia Avilés, profesora de la Universidad de Columbia Británica (UBC), en Canadá, y coordinadora del estudio.
Dado que las telas orbiculares, las más comunes y bidimensionales, son las más vulnerables a la acción de la lluvia, cabría esperar que solo existieran en zonas de baja pluviosidad. Sin embargo, ocurre precisamente lo contrario.
“Como requieren poca seda para su construcción, no exigen una gran inversión por parte de las arañas. El hecho de que sufran daños importantes por la lluvia no representa un problema, ya que son reconstruidas de manera rutinaria, incluso porque los insectos capturados también las deterioran”, añade Avilés.
Las telas más resistentes, las enmarañadas con forma de sábana, al contener cien veces más seda que las orbiculares y las enmarañadas simples, prácticamente no se encuentran en zonas de lluvias intensas. Esto se debe a que los daños representan un costo muy elevado para las especies que las construyen. No por casualidad, las únicas arañas que producen este tipo de tela en regiones de alta pluviosidad suelen vivir en grupos: las llamadas arañas sociales.
“En estas comunidades viven juntas para compartir el costo del mantenimiento y la reparación de las telas”, explica el taiwanés Yu-Heng Lin, primer autor del estudio, realizado durante su doctorado en la UBC.

Araña del género Argiope, en Ecuador, sobre una tela orbicular: aunque esta estructura es más frágil frente a la acción de la lluvia, puede ser reparada en poco tiempo por los arácnidos (foto: Andreas Kay/Flickr)
Cambio climático
Para llegar a estos resultados, los investigadores analizaron telas de araña en cinco áreas boscosas de la vertiente oriental de los Andes ecuatorianos. Uno de los criterios para seleccionar los sitios fue la altitud, que en esa región también determina el régimen de lluvias.
En las zonas más bajas (a menos de mil metros sobre el nivel del mar), las lluvias durante el período estudiado suelen ser intensas, superando los 4 milímetros por hora. En los lugares más elevados (hasta 3.440 metros de altitud), las precipitaciones no superan los 2 milímetros por hora, prácticamente una llovizna.
En al menos dos puntos de cada área se muestrearon entre 30 y 55 arañas y se registraron los efectos de al menos tres eventos de lluvia sobre cada tela. En total, se examinaron 207 telas en el estudio observacional y 86 en el experimento de manipulación de las condiciones ambientales.
En este experimento, realizado en el sitio de menor altitud y con la segunda mayor intensidad de lluvias, se colocaron lonas de un metro cuadrado sobre 31 telas, mientras que otras 55 permanecieron sin protección. Como se esperaba, la cobertura cumplió la misma función que las hojas desempeñan sobre las telas enmarañadas, reduciendo significativamente los daños. “Sin el experimento, solo estaríamos mostrando correlaciones, en lugar de demostrar la causalidad, es decir, el efecto directo de la lluvia sobre las telas”, aclara Avilés.

Yu-Heng Lin, primer autor del estudio, instala una lona sobre las telas para protegerlas de la lluvia y observar el efecto. A la derecha, una tela orbicular de una araña del género Argiope (fotos: Emilia Luzuriaga Cáceres y Yu-Heng Lin/UBC)
Los resultados sugieren, en última instancia, que los cambios en los regímenes de lluvias podrían modificar las comunidades de arañas, con implicaciones para la conservación de las especies y de los servicios ecosistémicos que estas proporcionan, como el control de insectos.
“Si en un lugar donde hoy llueve mucho comienza a llover poco, podrían producirse cambios en la vegetación que reduzcan la disponibilidad de plantas que sirven de refugio a las telas más vulnerables a la lluvia, por ejemplo. Por otro lado, un aumento de las precipitaciones en zonas secas puede reducir la cantidad de presas, ya que las telas se dañarán con mayor frecuencia”, afirma Brescovit, del Instituto Butantan.
“Al mostrar la interacción entre el tipo de tela, el uso del microhábitat y la vulnerabilidad a la lluvia, nuestro estudio proporciona herramientas para predecir el impacto del cambio climático sobre las comunidades locales de arañas”, concluye Avilés.
El artículo Spider web architecture and rainfall damage: observational and manipulative studies along a precipitation gradient on the tropical Andes puede leerse en: onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/ece3.73432.
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