Con la hegemonía neoliberal en la respuesta al VIH como telón de fondo a partir de 2010 —basado en un discurso de soluciones rápidas y gestión técnica—, las ONG históricamente politizadas se vieron presionadas a profesionalizarse para captar recursos, convirtiéndose en prestadoras de servicios, según la autora del artículo (imagen de George Dronov en Pixabay)

Políticas de salud
La despolitización debilita el activismo de lucha contra el sida en Brasil
16-07-2026
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Tras décadas de protagonismo en las políticas de salud, el movimiento social contra la enfermedad se fragmenta y pierde fuerza

Políticas de salud
La despolitización debilita el activismo de lucha contra el sida en Brasil

Tras décadas de protagonismo en las políticas de salud, el movimiento social contra la enfermedad se fragmenta y pierde fuerza

16-07-2026
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Con la hegemonía neoliberal en la respuesta al VIH como telón de fondo a partir de 2010 —basado en un discurso de soluciones rápidas y gestión técnica—, las ONG históricamente politizadas se vieron presionadas a profesionalizarse para captar recursos, convirtiéndose en prestadoras de servicios, según la autora del artículo (imagen de George Dronov en Pixabay)

 

Por Maria Fernanda Ziegler  |  Agência FAPESP – El programa brasileño de respuesta al sida/VIH es considerado un caso de éxito. Brasil fue el primer país en desarrollo en garantizar el tratamiento gratuito, ya en 1987, y se destacó por un activismo social combativo que contribuyó a la construcción del Sistema Único de Salud (SUS) y a la formulación de políticas públicas basadas en evidencias científicas y en los derechos humanos.

De la alianza entre la sociedad civil, los especialistas en salud pública y el Estado surgieron hitos importantes en la lucha contra el sida, como el acceso universal y gratuito a los antirretrovirales, la producción nacional de pruebas diagnósticas y decisiones audaces, como la ruptura de la patente del medicamento antirretroviral efavirenz, en 2007, por ejemplo.

Pero, tras décadas de éxito, ese protagonismo ha ido perdiendo fuerza. El campo del activismo, antes guiado por un cierto consenso político, se fragmentó. Esto ocurrió debido al nuevo perfil de las personas que viven con VIH (empobrecimiento de la epidemia) y al redireccionamiento de las políticas de salud, lo que también provocó un cambio en las prioridades de la sociedad civil. Como resultado, se produjo una despolitización del activismo contra el sida en Brasil. Esta es la conclusión de Helena Achcar, del Centro de Política y Economía del Sector Público de la Fundación Getulio Vargas (Cepesp-FGV), en un artículo publicado en la revista Sociology of Health & Illness.

“El declive del movimiento no puede explicarse únicamente por la falta de financiamiento, sino, sobre todo, por el cambio en el perfil de los activistas y en las prioridades impuestas por el empobrecimiento de la epidemia. A ello también se suma el avance tecnológico y la creciente medicalización de la respuesta al VIH, que favorecieron soluciones rápidas y biomédicas, en detrimento de la salud colectiva y de la lucha contra las desigualdades”, afirma Achcar a la Agência FAPESP.

“Es importante destacar que la idea de que el sida está resuelto es engañosa y, por lo tanto, el activismo sigue siendo uno de los pilares de la respuesta brasileña”, añade la investigadora.

El trabajo, apoyado por la FAPESP, fundamenta su análisis en la teoría de la práctica (o teoría de los campos) del sociólogo francés Pierre Bourdieu.

Achcar examinó la desmovilización del movimiento contra el sida en Brasil a partir de cuatro conceptos principales, estrechamente relacionados entre sí: el espacio social de lucha y competencia entre diferentes actores (que Bourdieu denomina campo); las acciones interiorizadas por los miembros del movimiento (habitus); los recursos económicos, sociales, culturales y simbólicos que están en disputa (capital); y el discurso dominante y naturalizado que determina lo que se considera legítimo dentro del campo (doxa).

“Al analizar el movimiento como un campo social, en el que las ONG, las redes y el Estado disputan poder y legitimidad para definir qué se considera un activismo legítimo, busqué captar la dinámica simbólica e interna del campo y su interacción con los cambios en los entornos externos”, explica.

Un poco de historia

Achcar explica que, en la década de 1980, líderes como el sociólogo Betinho y el escritor y exguerrillero Herbert Daniel (entre otros) dieron forma a un activismo radical, intelectualizado y profundamente político, que planteaba el sida como una cuestión de democracia y justicia social. El movimiento estaba sustentado en la clase media y en alianzas estratégicas con el movimiento de la salud pública.

Sin embargo, a partir de la década de 1990, el VIH comenzó a afectar cada vez más a poblaciones en situación de vulnerabilidad, con menores niveles de escolaridad e ingresos. Nuevos actores se incorporaron al movimiento con demandas urgentes, como alimentación, vivienda y acceso a servicios básicos. Esto modificó las prioridades y fragmentó la cultura política construida durante las décadas anteriores.

“La tesis que defiendo, inspirada en Bourdieu, es que todos desarrollamos una especie de estructura mental a lo largo de la vida [lo que él denomina habitus]. Ese habitus moldea nuestras acciones y la forma en que vemos el mundo, y no es algo individual, sino compartido por los grupos sociales. Cuando la epidemia del sida comenzó a afectar a personas con un habitus propio de las clases más desfavorecidas, el debate político dentro del movimiento también cambió y cuestiones básicas como el acceso a los alimentos, la vivienda y los ingresos pasaron a ocupar un lugar central”, explica Achcar.

A partir de la década de 2010, la medicalización de las políticas relacionadas con el sida cobró fuerza. “El discurso del ‘fin del sida’ redujo la enfermedad a una cuestión biomédica y ocultó las desigualdades estructurales que muchas políticas públicas y el propio movimiento buscaban enfrentar”, afirma la investigadora.

El estudio señala que la respuesta al VIH fue absorbida progresivamente por una lógica neoliberal que privilegia soluciones biomédicas rápidas, la gestión técnica y los resultados medibles. “Las ONG históricamente politizadas fueron presionadas para profesionalizarse con el fin de captar recursos, convirtiéndose en prestadoras de servicios y perdiendo parte de su capital militante”, explica.

Otro cambio importante en el contexto externo ocurrió a finales de la década de 2000, cuando Brasil dejó de ser una prioridad para los donantes internacionales y los recortes internos redujeron los espacios de participación social. “La promesa de poner fin al sida mediante una supuesta fórmula mágica reforzó la idea de que la epidemia se resolvería únicamente con medicamentos, minimizando el debate sobre las desigualdades estructurales”, añade la investigadora.

Los activistas entrevistados por Achcar describen el movimiento actual como débil e incapaz de luchar como lo hacía antes. “Las tensiones entre las ONG históricas y las nuevas redes identitarias profundizaron la fragmentación. La antigua identidad universalista, que movilizaba al activismo en su conjunto, dio paso a disputas por la legitimidad y por recursos escasos”, señala.

“Este trabajo muestra que el futuro de la respuesta brasileña al VIH depende de la capacidad de reconstruir alianzas, recuperar el carácter político del movimiento y enfrentar las desigualdades que siguen alimentando la epidemia”, concluye.

El artículo A Bourdieusian approach to the demobilisation of Brazil’s AIDS movement puede leerse en: onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/1467-9566.70187.

 

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