El jején, mosquito pólvora o maruim (Culicoides paraensis), transmisor del virus Oropouche, es tres veces más pequeño que un mosquito común, un tamaño ideal para atravesar mosquiteros (imagen: Erik Jesus de Faria Santana/Wikimedia Commons)
Se estima que la cifra alcanza los 9,4 millones de casos en toda América Latina y el Caribe desde la década de 1960, según artículos publicados por revistas del Grupo Nature. Los autores advierten que las estrategias de combate contra el vector, el jején, deben ser diferentes de las utilizadas contra el Aedes
Se estima que la cifra alcanza los 9,4 millones de casos en toda América Latina y el Caribe desde la década de 1960, según artículos publicados por revistas del Grupo Nature. Los autores advierten que las estrategias de combate contra el vector, el jején, deben ser diferentes de las utilizadas contra el Aedes
El jején, mosquito pólvora o maruim (Culicoides paraensis), transmisor del virus Oropouche, es tres veces más pequeño que un mosquito común, un tamaño ideal para atravesar mosquiteros (imagen: Erik Jesus de Faria Santana/Wikimedia Commons)
Por Maria Fernanda Ziegler | Agência FAPESP – El reciente brote del virus Oropouche, ocurrido en 2023, llamó la atención en Brasil y otros países de América Latina no solo por su magnitud (más de 30 mil casos registrados en el territorio brasileño), sino también por la primera muerte confirmada en el país causada por la enfermedad y por su rápida propagación a todos los estados, dejando de estar restringida a la región amazónica. Ante este escenario, a comienzos de año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) también manifestó preocupación e hizo un llamado para acelerar el desarrollo de herramientas de prevención y control contra este patógeno, hasta entonces prácticamente desconocido.
Dos estudios publicados en las revistas Nature Medicine y Nature Health demostraron que el impacto del virus Oropouche es mucho mayor de lo reflejado en los datos oficiales. Mediante cálculos matemáticos, datos históricos y análisis de muestras de sangre de hemocentros, los investigadores estiman que, desde 1960, el virus ya habría infectado a cerca de 9,4 millones de personas en América Latina y el Caribe. Solo en Brasil, la cifra alcanzaría aproximadamente 5,5 millones de casos.
La enfermedad, que provoca fiebre y síntomas similares a los del dengue, puede evolucionar hacia complicaciones graves, incluidos problemas neurológicos (meningitis y meningoencefalitis) e incluso microcefalia en casos de transmisión materno-fetal.
“Estamos ante una enfermedad de una magnitud mucho mayor de la que se imaginaba, lo que requiere más atención. Estimamos que uno de cada mil diagnósticos de la enfermedad evoluciona hacia complicaciones graves, como enfermedades neurológicas, microcefalia, abortos y complicaciones hepáticas, lo que eleva su nivel de prioridad para la salud pública”, afirma José Luiz Proença Módena, coordinador del Laboratorio de Estudios de Virus Emergentes (Leve) de la Universidad Estatal de Campinas y coautor de los estudios, que cuentan con apoyo de la FAPESP.
El trabajo también recibió financiamiento del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq, vinculado al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Brasil), del Instituto Todos pela Saúde, de los National Institutes of Health (NIH), de Estados Unidos, y de la institución filantrópica británica Wellcome Trust.
Manaos, epicentro de la crisis
En Manaos, la mayor metrópolis de la región amazónica, se estima que 300 mil personas fueron infectadas entre 2023 y 2024, casi 260 veces más que los casos confirmados. Según los investigadores, la prevalencia de anticuerpos contra el virus pasó del 11,4 % en noviembre de 2023 al 25,7 % en noviembre de 2024, lo que indica una amplia propagación de la enfermedad.
“La capital del estado de Amazonas es una ciudad con más de 2 millones de habitantes y es considerada la puerta de entrada a la región amazónica. La impresionante subnotificación ocurrió por diversos factores, principalmente porque el virus circuló silenciosamente antes de alcanzar los límites del centro urbano, con muchos casos asintomáticos o leves y sin diagnóstico”, explica William de Souza, profesor de la Universidad de Kentucky, de los Estados Unidos, quien también firma el estudio.
Esta dinámica ayuda a explicar la propagación del virus a todos los estados brasileños y a los países vecinos, además de reforzar el escenario que motivó a la Organización Mundial de la Salud a emitir una alerta internacional.
En el caso de los pacientes de regiones remotas de la Amazonia, los investigadores destacan las dificultades propias de la dinámica y la logística de la región. “Los pacientes en regiones remotas de la Amazonia a menudo enfrentan tiempos de viaje de más de 24 horas para llegar a un establecimiento de salud. Esto significa que probablemente muchos casos no fueron diagnosticados, permitiendo que el virus circulara silenciosamente hasta alcanzar los límites de un gran centro urbano”, afirma Souza.
Los investigadores detectaron que el virus Oropouche circula de manera continua, aunque muchas veces en niveles tan bajos que se vuelven casi indetectables para los sistemas de vigilancia convencionales. “En el trabajo identificamos dos grandes olas de Oropouche en la capital amazonense: una en la década de 1980 y otra en 2023, que infectaron, cada una, a más del 12 % de la población”, señala Módena.
A partir de este seguimiento, los investigadores también identificaron que las personas infectadas en la década de 1980 aún eran capaces de neutralizar la variante viral reciente. “Esto sugiere una protección cruzada duradera, capaz de orientar futuras estrategias de vacunación”, explica Souza.
Un virus de la selva
La reemergencia del virus Oropouche en 2023 confirmó su expansión por el país. El estado de Espírito Santo presentó la mayor tasa acumulada, con 318 casos por cada 100 mil habitantes. Por su parte, la región Sudeste concentró el 57,9 % de las notificaciones, convirtiéndose en el nuevo epicentro de la enfermedad.
A diferencia de otras arbovirosis más conocidas, el virus es transmitido por el jején, mosquito pólvora o maruim (Culicoides paraensis), lo que hace que la incidencia de la enfermedad en áreas rurales sea 11 veces mayor que en las ciudades.
“A diferencia del Aedes aegypti [mosquito transmisor del dengue, zika y chikunguña], que se reproduce en agua estancada, el maruim deposita sus huevos en suelos húmedos y ricos en materia orgánica. Es un mosquito de la selva, de áreas húmedas. Por eso predominan los casos en zonas rurales y no urbanas”, explica Souza.
“Históricamente, esta enfermedad estaba muy vinculada a áreas con cultivos de banano y cacao, pero al estudiar la ecología del virus identificamos que la cuestión no es la fruta en sí, sino las condiciones ideales de suelos húmedos y con abundante materia orgánica. Las altas temperaturas y las lluvias también favorecen la propagación del maruim”, señala el investigador.
Los autores destacan que el carácter rural de la enfermedad influye en las estrategias de políticas públicas. “El combate contra la enfermedad se vuelve muy diferente al de otras arbovirosis transmitidas por mosquitos, que son más urbanas. Estrategias como la fumigación en plazas y calles asfaltadas probablemente tienen poca utilidad contra el Oropouche. El maruim no vive en los desagües de las viviendas, sino en la humedad de las áreas forestales y en la vegetación periférica de las ciudades”, explica Souza.
Otra característica importante del maruim es que es tres veces más pequeño que un mosquito común, un tamaño ideal para atravesar mosquiteros. Sin embargo, la razón detrás de esta agresiva reemergencia no radica únicamente en el clima, sino también en una nueva recombinación viral (reassortment).
En el estudio, los investigadores identificaron además la aparición de una nueva variante viral, resultado de un proceso de reorganización o reasortamiento genético que ocurre cuando dos virus diferentes infectan una misma célula. Esto aumentó la capacidad de replicación del virus y dificultó su neutralización por anticuerpos generados en infecciones previas, haciendo que el patógeno sea más apto para nuevas expansiones territoriales (lea más en: agencia.fapesp.br/52476).
“La reemergencia del Oropouche nos muestra que no podemos combatir todas las arbovirosis con la misma receta, porque el maruim no sigue las mismas reglas que el Aedes. Esto hace que la vigilancia actual contra el virus Oropouche sea insuficiente y subestime drásticamente la verdadera dimensión de la enfermedad”, afirma Módena.
Para el investigador, la vigilancia debe ir más allá de las grandes ciudades. “Aunque parece existir una inmunidad de largo plazo para quienes ya fueron infectados, la velocidad con la que el virus se expandió por todos los estados brasileños demuestra que el sistema de salud necesita nuevos sistemas de detección, enfocados incluso en la vigilancia lejos de los grandes centros urbanos”, sostiene.
Los investigadores resaltan la necesidad de cambios estructurales, como la adopción de estudios serológicos continuos, el uso de bancos de sangre como sistema de alerta temprana y la integración de herramientas digitales y genómicas para monitorear brotes y mutaciones. También destacan la importancia de descentralizar las pruebas de laboratorio y crear una vigilancia activa y permanente, capaz de combinar datos ambientales, serológicos y genómicos para anticipar riesgos y orientar estrategias de vacunación.
El artículo Ecological and demographic drivers of Oropouche virus transmission puede leerse en: nature.com/articles/s44360-026-00065-6.
El artículo Transmission dynamics of Oropouche virus in Latin America and the Caribbean está disponible en: nature.com/articles/s41591-026-04221-z.
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