Incluso en un archipiélago aislado, los piqueros residentes presentaron contaminación por DDT (foto: Janeide Padilha/Universidade do Minho)
Análisis realizados en material biológico de seis especies migratorias y una residente de Brasil indican concentraciones similares de algunos de los llamados contaminantes orgánicos persistentes (COP), incluso en aves con distintos hábitos alimentarios, entre ellos el DDT y el formicida Mirex
Análisis realizados en material biológico de seis especies migratorias y una residente de Brasil indican concentraciones similares de algunos de los llamados contaminantes orgánicos persistentes (COP), incluso en aves con distintos hábitos alimentarios, entre ellos el DDT y el formicida Mirex
Incluso en un archipiélago aislado, los piqueros residentes presentaron contaminación por DDT (foto: Janeide Padilha/Universidade do Minho)
Por André Julião | Agência FAPESP – En el libro Primavera Silenciosa, de 1962, la bióloga estadounidense Rachel Carson relata cómo el DDT, un pesticida hasta entonces ampliamente utilizado para controlar plagas agrícolas, era responsable de la muerte masiva de aves, incluida la emblemática águila americana.
Una de las razones era que la contaminación volvía más delgadas las cáscaras de los huevos, hasta el punto de que las madres los rompían al sentarse para incubarlos. El libro es considerado fundador del movimiento ambientalista moderno.
En la década de 1970, la mayoría de los países ricos había prohibido el DDT. En Brasil, la prohibición agrícola solo ocurrió en 1985, pero el veneno continuó autorizado para el control de vectores de enfermedades como el Aedes aegypti. Recién en 2009 una ley prohibió el uso, la fabricación y el almacenamiento del diclorodifeniltricloroetano en el país, en consonancia con el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes.
Sin embargo, un trabajo publicado en la revista Environmental Monitoring and Assessment, con apoyo de la FAPESP, aporta nuevas evidencias sobre la presencia de DDT y de otros llamados contaminantes orgánicos persistentes (COP) en el organismo de las aves.
“Aunque no se hayan utilizado en un área determinada, los contaminantes orgánicos sufren el efecto saltamontes. En este fenómeno, se evaporan con el calor y se condensan nuevamente con el frío. De este modo, migran por el aire desde las bajas latitudes de los trópicos hacia las regiones polares”, explica Janeide de Assis Guilherme Padilha, investigadora de la Universidade do Minho, en Portugal, y primera autora del estudio.
En una colaboración con la investigadora Maria Virginia Petry, de la Universidade do Vale do Rio dos Sinos (Unisinos), en el estado brasileño de Rio Grande do Sul, Padilha y científicas del Instituto Oceanográfico de la Universidad de São Paulo (IO-USP, también en Brasil) analizaron los hígados de carcasas de aves marinas de seis especies encontradas en la costa de Rio Grande do Sul durante su migración anual hacia el Atlántico Sur.
Las investigadoras analizaron además la sangre de una población residente de piquero pardo (Sula leucogaster) en el Archipiélago de San Pedro y San Pablo, conjunto de islas rocosas situado a cerca de mil kilómetros de la ciudad de Natal, en el estado de Rio Grande do Norte.
Aun tan lejos de la costa y de las actividades humanas, los piqueros pardos del archipiélago presentaron contaminación por DDT y por PCB, compuestos industriales que antes se utilizaban en transformadores y reactores eléctricos.
Las seis especies analizadas de la costa de Rio Grande do Sul, aunque con distintos hábitos alimentarios, presentaron niveles similares de COP entre sí, si bien los dos individuos de pardela de pico negro (Ardenna gravis) analizados mostraron un promedio más alto de PCB y de Mirex, un formicida también prohibido, pero que persiste en el ambiente.
El trabajo contó con apoyo de la FAPESP mediante un equipamiento multiusuario instalado en el IO-USP.
Nuevas preguntas
En las aves, los COP pueden transferirse de la madre a la cría y provocan el adelgazamiento de la cáscara de los huevos, entre otros problemas, mientras que en los seres humanos están relacionados con algunos tipos de cáncer, la desregulación del sistema endocrino y problemas reproductivos y de desarrollo.
Los resultados sorprendieron a las investigadoras debido a las similitudes entre los niveles encontrados, incluso en especies con dietas y tamaños diferentes. El agua y los alimentos son los principales vectores de contaminación de las aves marinas.
“Esperábamos que las especies de mayor porte, como los albatros, presentaran las mayores concentraciones de COP, ya que ocupan niveles tróficos más altos y suelen consumir presas más grandes y longevas, que acumulan más contaminantes a lo largo de la vida. Sin embargo, la pardela grande exhibió los valores más elevados de PCB y Mirex”, relata la investigadora, quien realizó parte del estudio durante un posdoctorado en el IO-USP.
La pardela de pico negro recorre rutas migratorias extensas, utiliza áreas asociadas a la pesca y puede alimentarse de presas capturadas en regiones más contaminadas del Atlántico Sur, lo que ayuda a explicar por qué presentó una carga de contaminantes tan alta.
Otro ejemplo forma parte de un trabajo publicado anteriormente por el grupo de Padilha. Poblaciones de una misma especie, el piquero pardo, procedentes de tres lugares distintos, presentaban perfiles de contaminación diferentes.
Una hipótesis para la mayor concentración de contaminantes tóxicos, como el estaño, en las aves de las Islas Cagarras, en Río de Janeiro, en comparación con las de Abrolhos y del Archipiélago de San Pedro y San Pablo, por ejemplo, es que las Islas Cagarras reciben mayores aportes de este contaminante debido a su proximidad con el área urbana.

El piquero es sometido a la toma de medidas durante el monitoreo en las Islas Cagarras, en Río de Janeiro (foto: Janeide Padilha/archivo personal)
Además, esa población de aves se alimenta predominantemente de calamares, que acumulan más el metal tóxico que las especies que constituyen los alimentos más abundantes en las otras áreas estudiadas.
“Es necesario tener en cuenta que, en el trabajo actual, analizamos materiales biológicos distintos: los hígados en Rio Grande do Sul, de animales ya muertos, y la sangre de los piqueros pardos vivos, en el archipiélago. Otros tipos de análisis o tejidos pueden revelar contaminantes que no detectamos con los métodos utilizados ahora”, subraya Padilha.
Los hígados representan acumulaciones prolongadas, ya que muchos COP tienen una baja tasa de metabolización y terminan permaneciendo en el órgano durante largos períodos. La sangre, por su parte, ofrece una idea de lo que está circulando en el organismo.
Padilha investiga ahora el papel de la contaminación plástica en las aves marinas. Algunos COP, como los retardantes de llama, por ejemplo, están presentes en plásticos fácilmente accesibles para las aves en el océano.
“Sospechamos que algunos colores se asocian a determinados alimentos, lo que estaría llevando a estas aves a ingerir fragmentos de plástico”, afirma. En trabajos de campo en las Islas Cagarras, la investigadora ya ha observado cepillos de dientes y encendedores utilizados como parte de los nidos.
El artículo Bioaccumulation of legacy POPs in seabirds: A multi-species comparison between Procellariiformes and Suliformes in the South Atlantic puede leerse en: link.springer.com/article/10.1007/s10661-025-14703-1.
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