Los plaguicidas constituyen una amenaza para colonias de aves antárticas | AGÊNCIA FAPESP

Los plaguicidas constituyen una amenaza para colonias de aves antárticas En un estudio realizado por científicos brasileños se detectaron contaminantes orgánicos en la sangre de petreles gigantes (foto: Fernanda Imperatrice Colabuono)

Los plaguicidas constituyen una amenaza para colonias de aves antárticas

18 de agosto de 2016

Peter Moon  |  Agência FAPESP – Científicos confirmaron la presencia de contaminantes orgánicos en la sangre de petreles gigantes antárticos en diversas colonias de la Península Antártica. Estudios de osamentas y tejidos ya habían exhibido señales de esa contaminación, que ahora se verifican con base en muestras de sangre en las cuales se detectó la presencia de diversas sustancias nocivas, entre ellas DDT, un pesticida prohibido en Estados Unidos en 1972, cuando se constató que su uso amenazaba la supervivencia de diversas especies de aves de rapiña.

La investigación estuvo a cargo de la bióloga Fernanda Imperatrice Colabuono, del Instituto Oceanográfico de la Universidad de São Paulo (USP). La científica estudió los animales de las colonias de petreles gigantes de las islas de Elefante y Livingston, en el archipiélago de las Shetland del Sur, en la Península Antártica, con beca de posdoctorado y beca de pasantía de investigación en el exterior de la FAPESP.

Este estudio contó también con el apoyo de la Universidad de Vale do Rio dos Sinos y del National Institute of Standards and Technology de Estados Unidos, y con el aporte logístico del Programa Antártico Brasileño.

El petrel gigante antártico o abanto marino antártico (Macronectes giganteus) es un animal magnífico y un importante predador ubicado al tope de la cadena en el Atlántico Sur y en el Océano Austral. Con una envergadura de sus alas de alrededor de dos metros, es una de las mayores aves voladoras del planeta, menor únicamente que el albatros y el cóndor. Y es también longevo. Los petreles gigantes pueden vivir más de 50 años. Pasan la vida en los cielos de los mares australes del planeta en busca de alimento.

En la época del apareamiento, durante el verano antártico, los petreles gigantes regresan a la misma colonia en que nacieron. Para los biólogos, esto constituye una ventaja para el estudio de la especie. Una vez que se ha identificado y marcado a un ejemplar, se puede estudiar su vida durante varios años.

Durante los veranos antárticos de 2011-2012 y 2012-2013, Imperatrice Colabuono recolectó muestras de sangre de 113 ejemplares y constató la presencia de contaminantes orgánicos tales como bifenilos policlorados (PCBs), hexaclorobenzeno (HCB), pentaclorobenzeno (PeCB), dicloro difenil tricloroetano (DDTs) y derivados: el pesticida clordano (prohibido en Estados Unidos en 1988) y el hormiguicida Mirex (prohibido también en Estados Unidos en 1978 y recientemente en Brasil).

Según Imperatrice  Colabuono, todos estos contaminantes orgánicos son persistentes en el medio ambiente, tienen acción cancerígena, causan disfunción hormonal y también problemas reproductivos. Los resultados salieron publicados en un artículo en Environmental Pollution.

Imperatrice Colabuono afirma que, comparado con los niveles de contaminación detectados en las aves del hemisferio Norte, los niveles de contaminación registrados en las colonias de petreles de la Península Antártica son aún bajos. El objetivo actual consiste en monitorearlos a largo plazo, para “contar con una indicación de la tendencia al aumento o a la disminución de esos contaminantes en el transcurso de los años en el ambiente en que viven estas aves”, dice la bióloga.

La cadena de contaminación

El DDT es transportado por el aire y por la lluvia. Una vez en ríos y lagos, se acumula en la cadena alimentaria. Los insectos contaminados se convierten en alimento de los peces, y éstos en plato de otros predadores. En cada escalón de la cadena alimentaria aumenta el nivel de acumulación de DDT presente en los tejidos.

Sus efectos nocivos se vuelven más visibles cuando se llega a la cima de la cadena, en los predadores del tope de la misma. El petrel gigante es uno de ellos. Se alimenta de peces, de calamares e incluso de restos de otras aves. En otras palabras: en el trayecto de una larga vida, al comer centenas de kilos de peces contaminados, la cantidad de contaminantes presente en los tejidos del petrel siempre aumenta.

Fue lo que sucedió en Estados Unidos con los halcones peregrinos y con los cóndores de California. En la década de 1960, sus poblaciones empezaron a declinar drásticamente. Los cóndores llegaron a contarse tan sólo en algunas pocas centenas de ejemplares. Estaban a un paso de su completa extinción.

Fue entonces cuando se descubrió el papel del DDT en aquella tragedia. Al acumularse en el cuerpo de las hembras adultas, el DDT pasaba a la cáscara de sus huevos, que se volvía delgada y frágil. Los huevos muy a menudo se rompían. La reproducción de la especie se encontraba amenazada. En 1972, la producción, la comercialización y el uso de DDT se prohibieron en Estados Unidos. Con el tiempo, las poblaciones de halcones y cóndores empezaron a recuperarse.

Brasil es actualmente el mayor consumidor mundial de plaguicidas. La Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) prohibió el uso de DDT recién en 2009. Así y todo, debido a que el mismo sigue estando presente en el medio ambiente, aún se lo detecta en los tejidos de animales como el petrel. Por eso preocupación de Imperatrice Colabuono con respecto al seguimiento de la vida de sus petreles gigantes tiene fundamento.

Puede accederse al artículo de Fernanda I. Colabuono, Stacy S. Vander Pol, Kevin M. Huncik, Satie Taniguchi, Maria V. Petry, John R. Kucklick y Rosalinda C. Montone, intitulado Persistent organic pollutants in blood samples of Southern Giant Petrels (Macronectes giganteus) from the South Shetland Islands, Antarctica, y publicado en Environmental Pollution, en el siguiente enlace: www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0269749116304298

 

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