La obra describe la vida de estas mujeres, especialmente su relación con la sexualidad, el embarazo, el parto, el puerperio, la lactancia, la crianza o la separación de sus hijos (foto: Daniel Antônio/Agência FAPESP)
Escrita por la historiadora Lorena Féres da Silva Telles y recientemente publicada por University of Georgia Press, la obra reconstruye las trayectorias de mujeres en la mayor ciudad esclavista del siglo XIX
Escrita por la historiadora Lorena Féres da Silva Telles y recientemente publicada por University of Georgia Press, la obra reconstruye las trayectorias de mujeres en la mayor ciudad esclavista del siglo XIX
La obra describe la vida de estas mujeres, especialmente su relación con la sexualidad, el embarazo, el parto, el puerperio, la lactancia, la crianza o la separación de sus hijos (foto: Daniel Antônio/Agência FAPESP)
Por José Tadeu Arantes | Agência FAPESP – Capital del Imperio y sede de la Corte, Río de Janeiro fue la mayor ciudad esclavista del mundo en el siglo XIX. En 1822, año de la independencia política de Brasil, la ciudad tenía cerca de 110 mil habitantes, de los cuales aproximadamente la mitad eran personas esclavizadas. Sumando esclavizados, libertos y libres, la población africana y afrodescendiente constituía una amplia mayoría. El Muelle de Valongo, en la zona portuaria de la capital fluminense, recibió por sí solo cerca de un millón de africanos a lo largo del período de la trata, convirtiéndose en el mayor puerto de desembarque de personas esclavizadas de las Américas.
En la década de 1840, Río era descrito con frecuencia por viajeros extranjeros como una “ciudad africana”, debido a la enorme presencia de negros y pardos en las calles, mercados, puertos y servicios urbanos. Antes de 1850, debido a la abundancia de la trata atlántica, el precio relativamente bajo de las personas esclavizadas permitía un amplio acceso a la mano de obra cautiva. Las familias blancas de recursos modestos podían poseer una o dos personas esclavizadas; las familias ricas tenían muchas.
Después del fin oficial (pero no efectivo) de la trata atlántica, en 1850, los precios aumentaron drásticamente, lo que condujo a la concentración de la propiedad esclavista en los sectores más ricos y al creciente desplazamiento de trabajadores esclavizados, incluso desde Bahía y el Nordeste, hacia las haciendas cafetaleras de Río de Janeiro y São Paulo. Sin embargo, la posesión de un pequeño número de personas esclavizadas, característica de la esclavitud urbana, continuó siendo frecuente. Y muchas familias blancas vivían del dinero obtenido en las calles por los llamados “esclavos de ganancia” y “esclavos de alquiler”. En estos segmentos, las mujeres esclavizadas desempeñaban un papel predominante: eran lavanderas, cocineras, vendedoras de comida preparada, vendedoras de alimentos, artesanas, comerciantes, trabajadoras domésticas y nodrizas, entre otras funciones.
La vida de estas mujeres, especialmente su relación con la sexualidad, el embarazo, el parto, el puerperio, la lactancia, la crianza o la separación de sus hijos, aspectos que rara vez aparecen directamente en las fuentes escritas del siglo XIX, fue objeto de un estudio realizado por la historiadora Lorena Féres da Silva Telles, profesora del Departamento de Historia de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp) e integrante del Núcleo de Investigación y Formación en Raza, Género y Justicia Racial del Centro Brasileño de Análisis y Planificación (Afro-Cebrap).
El libro resultante de esta investigación, publicado inicialmente en portugués con el título Teresa Benguela e Felipa Crioula estavam grávidas: maternidade e escravidão no Rio de Janeiro (1830-1888), fue traducido ahora al inglés y publicado por University of Georgia Press con el título Teresa Benguela and Felipa Crioula Were Pregnant: motherhood and slavery in Nineteenth-Century Rio de Janeiro.

Lorena Féres da Silva Telles es profesora del Departamento de Historia de la Unifesp (foto: Daniel Antônio/Agência FAPESP)
“Este libro es producto de mi tesis doctoral, dirigida por Maria Helena Machado en el Departamento de Historia de la Universidad de São Paulo [USP], y de mi investigación posdoctoral, supervisada por Robert Slenes en el Departamento de Historia de la Universidad Estatal de Campinas [Unicamp], ambas financiadas por la FAPESP. Además, el libro traducido incorpora elementos que obtuve posteriormente durante una estancia en la University of Pittsburgh, Estados Unidos”, cuenta Silva Telles.
El trabajo que dio origen al libro, reconocido como “la mejor tesis en Historia Social del Departamento de Historia de la USP”, fue premiado por la Latin American Studies Association (Lasa) y por la Asociación Brasileña de Editoriales Universitarias (Abeu).
“Investigué un conjunto muy amplio de fuentes primarias: anuncios de compra, venta, alquiler, intercambio y fuga de mujeres esclavizadas, embarazadas o con hijos; registros de bautismo; procesos penales; relatos de casos clínicos; tesis de medicina; pinturas; fotografías. El objetivo fue dar nombre y rostro a estas mujeres y reconstruir, en la medida de lo posible, aspectos de sus vidas, tomando la maternidad como eje”, relata la historiadora. La violencia sexual, el aborto, las prácticas de las parteras negras, la actuación médica, la mortalidad infantil y el impacto del sistema esclavista sobre las relaciones familiares fueron algunos de los temas abordados en la investigación.
“Una sola mujer esclavizada tenía que desempeñar con frecuencia múltiples funciones: cocinar, lavar ropa, cargar agua, vender alimentos y otros productos en las calles, trabajar como nodriza. Busqué comprender cómo las diferentes rutinas laborales afectaban el embarazo y la maternidad. Una vendedora ambulante de alimentos con nueve meses de embarazo tenía que recorrer las calles durante todo el día vendiendo comida; en cambio, una mucama permanecía confinada en el ámbito doméstico, sometida a la vigilancia, los caprichos y los cambios de humor de sus amos. Las ‘esclavas de ganancia’, como las lavanderas y las vendedoras ambulantes de alimentos, cargaban con frecuencia a sus bebés atados a la espalda, lo que les permitía amamantarlos cuando tenían hambre. En cambio, las nodrizas, que alimentaban a los hijos de las señoras blancas, a menudo no podían amamantar a sus propios hijos, que llegaban a morir durante el primer año de vida debido a una alimentación inadecuada, a base de papillas de harina o banana y leche animal”, describe Silva Telles.
La mortalidad infantil era altísima. Con frecuencia se asociaba al llamado “mal de los siete días”, denominación popular del tétanos neonatal, causado por la infección del muñón umbilical de los recién nacidos. También era común que las mujeres esclavizadas alquiladas por sus amos fueran obligadas a separarse de sus hijos, enviados a la “rueda de expósitos”, entregados al cuidado de terceros o, en las peores situaciones, abandonados en lugares apartados.
La llamada “rueda de expósitos”, también conocida como “rueda de niños abandonados”, fue una institución de acogida de recién nacidos abandonados que existió en varias ciudades del mundo católico y que también se implantó en el Brasil colonial e imperial. Funcionaba literalmente mediante una rueda giratoria de madera instalada en el muro de instituciones religiosas o de beneficencia, generalmente las Santas Casas de Misericordia. La persona colocaba al bebé en la abertura exterior, hacía girar la rueda y el niño pasaba al interior de la institución sin que se identificara a quien lo había dejado.
La investigadora subraya que las mujeres esclavizadas trabajaban intensamente hasta el final del embarazo y regresaban a sus labores pocos días después del parto. En muchos casos, disponían de apenas tres días a una semana de reposo posparto. Sin embargo, para aquellas que trabajaban en las calles, la posibilidad de cargar a sus bebés en la espalda era motivo de felicidad. La costumbre fue traída de África y los llamados “panos da costa”, que permitían llevar al niño, también eran de origen africano. Estos tejidos, que podían utilizarse como chales, turbantes o bolsas, constituían una fuerte marca identitaria que, en tiempos contemporáneos, fue recuperada como símbolo de orgullo racial por la población afrodescendiente.
Silva Telles cuenta que gran parte de las mujeres estudiadas en su investigación habían nacido en África. “En la primera mitad del siglo XIX, Río de Janeiro recibió entre 600 mil y 800 mil africanos. Predominaban los hombres y los niños, pero también llegaron mujeres y niñas en gran número. La mayoría procedía de la región del Congo y de Angola, desde los puertos de Luanda, Benguela, Cabinda y Ambriz. Esta población, perteneciente al grupo lingüístico bantú, era diferente de la llevada a Bahía, procedente de Benín [antiguo Dahomey] y Nigeria y perteneciente al grupo lingüístico yoruba. Además de personas originarias del Congo y Angola, también fueron llevados a Río de Janeiro africanos y africanas procedentes de Mozambique”.
Desde Mozambique, la travesía marítima era más larga y penosa, pues debía bordear parte de la costa oriental de África, rodear el cabo de Buena Esperanza, adentrarse en el Atlántico Sur y virar hacia el norte, rumbo al litoral brasileño. Hasta 1831, cuando la trata aún era legal, los africanos esclavizados desembarcaban principalmente en el Muelle de Valongo. Después de la prohibición de la trata, comenzaron a producirse desembarques clandestinos en regiones costeras como Angra dos Reis y Paraty.
La mayoría de las personas esclavizadas llevadas desde Mozambique pertenecía también al gran grupo lingüístico bantú, lo que facilitaba el acercamiento con los africanos de la costa centro-occidental. Sin embargo, es importante destacar que el bantú no es una única lengua, sino una inmensa familia lingüística, extendida por África Central, parte de África Oriental y África Austral, que incluye cientos de lenguas emparentadas. Entre ellas se encuentran el kimbundu, kikongo, umbundu, macua, changana, suajili, zulú y xhosa. Las diferencias lingüísticas entre los subgrupos bantú y yoruba son numerosas e involucran no solo el vocabulario, sino también la estructura gramatical, entre otros aspectos.
Matrices religiosas y el trabajo de las parteras
Se supone que el candomblé, como resultado de procesos graduales de reorganización religiosa afroatlántica, surgió en la ciudad de Salvador o sus alrededores entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX, con los primeros terreiros creados bajo el liderazgo de princesas de Oyo (en Nigeria) y Ketu (en Benín), llevadas a Brasil como esclavizadas. Las concepciones y prácticas religiosas de los africanos que llegaron a Río de Janeiro tenían muchos puntos en común con este candomblé de origen yoruba, pero también presentaban diferencias.
“Las prácticas espirituales centroafricanas estaban fuertemente vinculadas al culto de los Inquices [entidades espirituales de la cosmovisión bantú asociadas a las fuerzas de la naturaleza y a los ancestros divinizados]”, informa Silva Telles. Al igual que los Orixás en las tradiciones de matriz yoruba y los Voduns en las tradiciones de matriz fon-ewe, los Inquices son intermediarios entre los seres humanos y el Dios Supremo. Este, en lengua kikongo, recibe el nombre de Nzambi. Es considerado el Padre Celestial y el Dios Solar, que tiene como contraparte femenina a Nzambici, la Madre Celestial o Diosa Lunar. Todos estos conceptos, por supuesto, atravesaron importantes transformaciones bajo el marco del cristianismo, tanto en el África colonial como en la diáspora.
“Robert Slenes, mi supervisor en la investigación posdoctoral, habla del ‘complejo ventura-desventura’ que permearía esta espiritualidad africana. Según este concepto, la existencia humana oscila entre la ‘ventura’ [equilibrio, salud, fertilidad] y la ‘desventura’ [violencia, esclavización, separaciones familiares, enfermedad y muerte]. Destaca la importancia social de sacerdotes y sacerdotisas, vistos como mediadores entre el mundo natural y el mundo sobrenatural”, cuenta la investigadora.
En este contexto, la enfermedad no era únicamente un problema fisiológico, sino un desequilibrio más amplio, que conjugaba también las relaciones sociales y las fuerzas espirituales. Cuernos, figas, amuletos y otros objetos ritualizados eran vistos como portadores de una fuerza protectora contra la violencia, los infortunios, las enfermedades y la esclavización.
Es a la luz de este contexto espiritual como debe entenderse el trabajo de las parteras, uno de los subtemas centrales de la investigación de Silva Telles. Estas mujeres experimentadas sabían lo que los médicos de la época no sabían: cómo facilitar el trabajo de parto mediante maniobras corporales y masajes, cómo girar un feto mal posicionado en el momento del nacimiento y cómo proteger la “mollera” (fontanela anterior) del recién nacido. “Los médicos del siglo XIX criticaban violentamente las prácticas de las parteras africanas, describiéndolas como supersticiosas, bárbaras y depravadas. Sin embargo, precisamente a través de estas críticas es posible reconstruir sus conocimientos. Bajo la orientación de las parteras, muchas mujeres daban a luz en cuclillas, sentadas en sillas especiales, caminando o apoyadas en otras mujeres, posiciones frecuentemente condenadas por la medicina académica emergente”, informa Silva Telles.
Las oraciones se asociaban a las intervenciones físicas. Familiares, amigas y otras mujeres de la comunidad eran convocadas para ayudar, creando una amplia red de apoyo femenino afrodescendiente durante el parto. Los hombres se mantenían a distancia. Sin embargo, los pantalones del padre del niño eran considerados un objeto auspicioso que convenía tener cerca. Si todo salía mal, en casos extremos podía llamarse al médico. Pero esto no solía ayudar demasiado.
“Las facultades de medicina surgieron formalmente en Brasil en 1832, precisamente en las dos principales ciudades esclavistas del país: Río de Janeiro y Salvador. Hasta entonces, los partos eran atendidos casi exclusivamente por mujeres: parteras, familiares y vecinas. Los estudiantes de medicina aprendían obstetricia principalmente con los cuerpos de mujeres esclavizadas y negras internadas en la Santa Casa de Misericordia. Estas mujeres se convirtieron en campo de experimentación para el uso de fórceps, cirugías ginecológicas y otras intervenciones obstétricas, que generalmente terminaban en infecciones y muertes”, enfatiza la investigadora.
Menciona incluso el caso de una de las primeras cesáreas registradas en Brasil, realizada a una mujer esclavizada en la década de 1850, que murió de septicemia. Como contrapunto, cita la experiencia de una cesárea exitosa realizada en la región de Uganda por un sacerdote africano. Esta cirugía, presenciada por el médico y misionero escocés Robert William Felkin, se convirtió en un caso célebre en la historia de la medicina gracias al detallado relato publicado en 1879. El episodio llamó la atención de los médicos europeos porque, en una época en la que las cesáreas todavía presentaban una mortalidad altísima en los hospitales de Europa, tanto la madre como el bebé sobrevivieron.
Según Felkin, la parturienta recibió vino de banana fermentado como sedante, mientras que el abdomen era lavado con la misma sustancia, que probablemente también ejercía un efecto antiséptico. La cirugía, dirigida por un sacerdote-curandero auxiliado por un equipo organizado, se realizó mediante una incisión abdominal en la línea media, seguida de la apertura del útero. El bebé fue extraído con una rapidez impresionante. A continuación, el cirujano comprimió manualmente el útero y cauterizó las incisiones para controlar la hemorragia. La operación se completó con la sutura de la pared abdominal, realizada mediante pines metálicos o espinas unidos con fibras vegetales.
“En Brasil, el registro de un parto asistido por una partera negra en una hacienda cafetera demuestra que una de las prácticas posparto utilizadas por las parteras africanas y sus descendientes consistía en disolver en agua las cenizas de nueve brasas tomadas de la leña doméstica. Esta bebida se le daba a la mujer que acababa de dar a luz para favorecer una buena recuperación”, cuenta Silva Telles.
El número nueve tenía, obviamente, connotaciones mágicas. Y, en algunas tradiciones espirituales, está específicamente asociado a los cultos femeninos. Pero también conviene recordar que la ceniza es rica en minerales como calcio, potasio, magnesio y fósforo, entre otros. Además de aportar estos elementos a la mujer debilitada, también ejercería un efecto antiséptico debido a su elevado pH.
“La medicina del siglo XIX difundió la idea de que las mujeres africanas sentirían menos dolor durante el parto y tendrían una mayor resistencia física. Este discurso contribuyó a legitimar la explotación mediante trabajos pesados y las prácticas violentas e invasivas realizadas sobre cuerpos negros, constituyendo una forma temprana de racismo obstétrico. Estudié específicamente el caso clínico de una joven esclavizada de 17 años en trabajo de parto, examinada repetidamente por varios estudiantes de medicina. Según el propio médico que dirigía el equipo, el bebé llegó a cambiar de posición de tanto que palparon el abdomen de la madre”, relata la investigadora.
Sexualidad, relaciones amorosas y violencia
En la vida de las mujeres esclavizadas, la violencia siempre estaba presente como telón de fondo, cuando no ocupaba un lugar destacado. Cuando podían, las africanas y afrodescendientes buscaban, en su mayoría, relaciones consensuales con parejas del mismo origen étnico o lingüístico. Las uniones estables y los matrimonios religiosos formaban parte de sus expectativas. Pero los episodios violentos eran constantes. Los amos embarazaban con frecuencia a mujeres esclavizadas y después las vendían a lugares lejanos, intentando ocultar el embarazo y evitar escándalos familiares. La violación fue un componente estructural del sistema esclavista brasileño. “Los anuncios de los periódicos ofrecían a la venta mucamas embarazadas e incluso niñas muy jóvenes, de 11 o 12 años, con bebés de brazos, lo que evidencia un abuso sexual sistemático”, cuenta Silva Telles.
La mucama estaba asociada al prestigio social de las familias de los amos. Eran generalmente mujeres jóvenes, descritas en los anuncios como “bonitas”, “bien formadas”, “recatadas” y “hacendosas”. Según la investigadora, existen abundantes indicios de explotación sexual de estas mujeres dentro de las casas de los amos.
La investigadora afirma que, a diferencia de lo ocurrido en ciertas regiones del sur de Estados Unidos, no existen evidencias consistentes de políticas sistemáticas de reproducción forzada en Brasil, basadas en relaciones sexuales no consensuadas entre mujeres y hombres esclavizados. “Aquí predominaban las relaciones consensuales, los concubinatos y los matrimonios religiosos. En las haciendas cafetaleras paulistas, estudiadas especialmente por Robert Slenes, había numerosos matrimonios consagrados por la Iglesia católica. Muchas uniones ya existían informalmente y después eran oficializadas. Estos registros matrimoniales se han convertido actualmente en una valiosa documentación histórica para rastrear familias y redes de parentesco”, afirma.

Partida para la cosecha de café, 1885 (Marc Ferrez/Archivo Instituto Moreira Salles)
Los registros de bautismo también permitieron a la investigadora establecer vínculos de parentesco y solidaridad entre africanos y afrodescendientes. Madrinas, padrinos y parientes formaban redes fundamentales de apoyo material, afectivo y espiritual. En la ciudad de Río de Janeiro, las mujeres solteras elegían con frecuencia a libertos o parejas africanas como padrinos de sus hijos, fortaleciendo los vínculos comunitarios. Las parteras muchas veces también se convertían en madrinas de los niños que ayudaban a traer al mundo. Los anuncios de fuga revelan asimismo redes de amistad entre lavanderas, vendedoras ambulantes de alimentos y comadres, que acogían a mujeres fugitivas y ayudaban a madres en situación de vulnerabilidad.
Silva Telles destaca que la condición jurídica de la madre determinaba la condición del niño. Hasta el 28 de septiembre de 1871, los hijos de mujeres esclavizadas nacían automáticamente esclavizados. La promulgación de la Ley de Vientre Libre, durante el reinado de Pedro II, otorgó la libertad a los niños nacidos a partir de esa fecha. En la práctica, sin embargo, estos niños permanecían bajo la tutela de los amos hasta los 8 años, y estos podían optar por entregarlos al Estado a cambio de una indemnización o mantenerlos trabajando hasta los 21 años.
Según la investigadora, la Ley de Vientre Libre tuvo consecuencias especialmente perversas en el contexto urbano. Como los amos obtenían grandes ganancias con el alquiler de las nodrizas, muchos comenzaron a obligar a las mujeres esclavizadas a abandonar a sus hijos, ya que estos, al haber nacido libres, dejaban de representar un patrimonio futuro. El resultado fue un aumento considerable del abandono de recién nacidos y de la mortalidad infantil. En las haciendas cafetaleras, por el contrario, como la trata interna había elevado mucho el precio de las personas esclavizadas, los amos continuaron explotando intensamente el trabajo de los llamados “ingenuos”, es decir, los hijos de mujeres esclavizadas nacidos después de 1871.
La trata interna se había convertido en la principal fuente de mano de obra esclavizada para las haciendas cafetaleras más prósperas de Río de Janeiro y São Paulo. Tras el fin oficial de la trata atlántica, hombres y mujeres comenzaron a ser vendidos desde Bahía, Pernambuco, Maranhão, Rio Grande do Sul y otras regiones hacia las haciendas cafetaleras del Sudeste. En la ciudad de Río de Janeiro, el número de mujeres esclavizadas disminuyó significativamente entre mediados del siglo XIX y la década de 1870. Al mismo tiempo, aumentó el número de mujeres libertas, mujeres pobres e inmigrantes portuguesas empleadas en el servicio doméstico.
El estudio buscó reconstruir las trayectorias de “mujeres comunes”, recuperando nombres y experiencias individuales. Con este enfoque, sacó del anonimato a Teresa Benguela, Rosária Cassange, Felipa Crioula, Marcelina, Geralda y Ângela Maria, entre otras. “Algunas huyeron embarazadas o con hijos pequeños. Otras sufrieron violencia extrema, separaciones familiares y torturas. También existen casos dramáticos de infanticidio e intentos de suicidio en contextos de desesperación absoluta. Mi objetivo fue articular la historia individual y el contexto estructural, devolviendo protagonismo histórico a estas mujeres”, argumenta la investigadora.
La posición de Brasil en el sistema esclavista colonial
Brasil fue el principal destino de la trata esclavista atlántica y recibió aproximadamente el 40 % de todos los africanos deportados de África hacia las Américas entre los siglos XVI y XIX. En total, se estima que 12,5 millones de africanos fueron embarcados en la trata atlántica y que 10,7 millones sobrevivieron a la travesía. Según las cifras más aceptadas actualmente, basadas principalmente en la base de datos del proyecto Slave Voyages, la distribución de las personas africanas esclavizadas, en orden decreciente, fue la siguiente: Brasil (alrededor de 5 millones), Caribe (entre 4,5 y 5 millones), América española (entre 1,5 y 2 millones) y Estados Unidos (entre 400 mil y 500 mil). La denominación Caribe incluye un amplio conjunto de islas, entre ellas Jamaica, Haití, Santo Domingo, Cuba, Barbados, Martinica, Guadalupe y Curazao, entre otras.
El número relativamente menor de personas desembarcadas en Estados Unidos no significa que la población esclavizada haya sido pequeña en ese país, pues creció enormemente mediante la reproducción interna, hasta alcanzar casi 4 millones en 1860.
En Brasil, por el contrario, la conjugación de tres factores –el fin de la trata atlántica, la altísima tasa de mortalidad y el declive gradual del sistema esclavista en la caficultura, impulsado por las fugas, la formación de quilombos, la concesión o compra de cartas de libertad, las leyes emancipadoras y la introducción del trabajo asalariado o de relaciones de producción mixtas (trabajo esclavo, aparcería y trabajo asalariado)– produjo una considerable disminución de la población esclavizada. En 1872, con motivo del primer censo nacional, Brasil todavía tenía alrededor de 1,5 millones de personas esclavizadas. En 1888, año de la abolición formal de la esclavitud mediante la Ley Áurea, firmada por la princesa Isabel el 13 de mayo, esta cifra había descendido a aproximadamente 723 mil.
Cabe añadir que el trabajo asalariado no significó la inclusión social de las personas anteriormente esclavizadas. Gran parte de la población negra quedó excluida del acceso a la tierra, al crédito y a los empleos más valorados. Y, además del aspecto económico, la política de inmigración europea implementada por las élites nacionales fue concebida con frecuencia también como un proyecto de “blanqueamiento” de la población brasileña.
El estudio en cuestión se inscribe en el marco de un debate internacional sobre género, maternidad y esclavitud en las Américas. Y dialoga con investigaciones sobre Estados Unidos, el Caribe francés, Jamaica y Cuba, buscando situar la esclavitud urbana brasileña en un contexto atlántico más amplio. La publicación de la traducción al inglés por University of Georgia Press está vinculada precisamente a este diálogo internacional.
La obra Teresa Benguela and Felipa Crioula Were Pregnant: motherhood and slavery in Nineteenth-Century Rio de Janeiro puede adquirirse en: www.ugapress.org/9780820375687/teresa-benguela-and-felipa-crioula-were-pregnant/.
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