“En el combate contra el COVID-19, la conducta humana puede ser una parte del problema o de su solución” | AGÊNCIA FAPESP

“En el combate contra el COVID-19, la conducta humana puede ser una parte del problema o de su solución” En un seminario online organizado por la FAPESP, expertos en ciencias sociales y conductuales se refirieron a los factores psicológicos, políticos y culturales que pueden influir sobre el modo de responder ante la pandemia en distintas poblaciones (foto: bañistas se amontonan en una playa de Río de Janeiro durante el mes de agosto, en plena pandemia/Fernando Frazão. Agência Brasil)

“En el combate contra el COVID-19, la conducta humana puede ser una parte del problema o de su solución”

26 de noviembre de 2020

Por Karina Toledo  |  Agência FAPESP – Cuando se trata de hacer frente a una enfermedad altamente transmisible como el COVID-19, la conducta humana puede ser tanto una parte del problema como una parte de la solución, de acuerdo con expertos en ciencias sociales y conductuales. Mientras no exista una vacuna, el tratamiento eficaz disponible, de adherir a medidas tales como el distanciamiento físico, el uso de mascarillas y la higienización frecuente de las manos y los utensilios sigue constituyendo la principal forma de contener la propagación. ¿Pero por qué algunas naciones están afrontando este desafío de una forma mucho más eficiente que otras?

Especialistas reunidos en el seminario Values-Based Behavior under COVID-19, realizado el día 4 de noviembre en el ámbito de la serie FAPESP COVID-19 Research Webinars, compartieron sus distintas visiones sobre el tema.

Para Jay Van Bavel, profesor de Psicología y Ciencias Neurales de la Universidad de Nueva York (Estados Unidos), el perfil de liderazgo de cada país constituye uno de los factores determinantes de la calidad de la respuesta a la pandemia, toda vez que el mismo determina medidas en el ámbito nacional, tales como el cierre de fronteras, la restricción de viajes, el desarrollo de políticas públicas y la movilización de recursos médicos y científicos. Según el investigador, corren con ventaja las naciones al mando de “líderes identitarios”, es decir, capaces de inspirar confianza, promover la cooperación y un sentido compartido de identidad entre sus seguidores, tal como es el caso de la primera ministra de la Nueva Zelanda, Jacinda Ardern.

“Jacinda Ardern es quizá la líder más eficiente del planeta, especialmente en lo que atañe al enfrentamiento del COVID-19. Ella se volvió famosa por aplicar la estrategia del liderazgo identitario, y suele referirse a Nueva Zelanda como su ‘equipo de 5 millones de personas’. Cuando la epidemia quedó controlada en el país, Ardern salió para tomar un brunch para mostrarles a las personas que era seguro volver a circular. Pero no había lugar en el restaurante elegido, y entonces salió y se quedó esperando. No quiso tomarse la foto de difusión en una condición insegura, que contrariaba las reglas sanitarias, o valerse de los privilegios de su cargo. Eso sería una clara violación de su liderazgo identitario, que tiene mucho que ver con erigirse en un modelo de conducta”, explicó Bavel.

En el otro extremo de la escala de eficiencia, el investigador ubica a su propio país, Estados Unidos, campeón mundial de casos y de muertes por COVID-19. “Contamos con universidades de categoría mundial, con grandes grupos de investigación, somos líderes en el desarrollo de vacunas y fármacos y aun así fallamos catastróficamente. ¿Por qué tamaña diferencia?”, se cuestionó.

Con el objetivo de contestar esta pregunta, su grupo de investigación rastreó durante meses los movimientos de 15 millones de estadounidenses a través de sus smartphones y notó un patrón consistente: la población se mostraba más comprometida para mantener el distanciamiento social en las regiones del país donde la candidata Hillary Clinton, del Partido Demócrata, había obtenido más votos en las elecciones presidenciales de 2016 que en los condados donde el más votado fue Donald Trump, del Partido Republicano. En general, las distancias recorridas por los ciudadanos empezaron a aumentar a partir de abril, al igual que la brecha conductual entre los liberales (los electores demócratas) y los conservadores (los electores republicanos).

“Los condados donde votaron mayoritariamente a Trump exhibieron una adhesión promedio un 14% menor al aislamiento social, y tal hecho precedió claramente al aumento de las tasas de muertes e infecciones”, dijo Bavel.

Con la intención de extender este análisis a otros contextos, el científico coordinó entre abril y mayo una investigación online con 46.500 voluntarios de 67 países. Participaron en dicho trabajo colaboradores de 170 instituciones, entre ellos Paulo Boggio, del Centro de Ciencias Biológicas y de la Salud de la Universidad Presbiteriana Mackenzie (São Paulo, Brasil), quien también estuvo presente en el webinario organizado por la FAPESP. El objetivo de ese estudio consistió en investigar mediante la aplicación de un cuestionario qué llevaba a las personas a adoptar determinadas conductas sanitarias y a apoyar intervenciones como el cierre de bares, restaurantes y escuelas. La conclusión indicó que, cuanto más se identifican y se preocupan con la nación donde viven, las personas se muestran más proclives a seguir las orientaciones sanitarias y a apoyar políticas cuyo objetivo apunta a mantener a la población segura.

“La identidad nacional se mostró como un predictor robusto de adhesión a las orientaciones sanitarias en todo el planeta”, comentó Bavel durante el evento. “Nos encargamos de separar entre el nacionalismo sano y aquel al que denominamos nacionalismo narcisista, representado por el sentimiento inflamado y agresivo de quienes piensan que su país es siembre el mejor y que está por encima de todo. El nacionalismo narcisista no apareció como un predictor tan robusto de adhesión a las medidas sanitarias y, en algunos casos, como en Estados Unidos, surgió asociado a conductas de riesgo.”

El cuestionario también apuntó a evaluar la influencia de la ideología política sobre la conducta de las personas en el marco de la pandemia. Según Bavel, fue posible observar entre los voluntarios que se declararon de izquierda una tendencia levemente mayor de apoyo a las medidas sanitarias. “Fue un efecto distinto y mucho menor que el relacionado con la identidad nacional”, comentó el investigador.

Los resultados completos de la investigación se dieron a conocer en un artículo aún sin revisión por pares disponible en la plataforma PsyArXiv. En el texto, los autores ponen de relieve hallazgos de trabajos anteriores que mostraron de qué manera la identidad nacional puede motivar a la gente a comprometerse con conductas costosas pero que benefician a otros miembros de la comunidad en que viven.

Un juego de suma cero

La comprensión de esta relación entre intereses individuales y colectivos se vuelve fundamental cuando el objetivo consiste en promover el esfuerzo cooperativo global, tal como destacó Boggio durante su disertación.

“Es común que pensemos que la ganancia de una persona representa necesariamente una pérdida para otra. En la teoría de juegos a esto se lo denomina un juego de suma cero. Empero, cuando se trata de solucionar problemas globales como una pandemia o el cambio climático, se vuelve evidente que la naturaleza de la suma es distinta. La infección de un individuo constituye una amenaza para él y para todos los que lo rodean. La pérdida de uno es la pérdida de todos, entonces la suma es negativa. De igual modo, la ganancia de alguien con la adhesión a las políticas sanitarias constituye una ganancia de muchos, y la suma es positiva”, explicó el profesor de Mackenzie.

Según Boggio, en este contexto donde la conducta individual tiene impactos sobre la salud colectiva, el proceso de toma de decisiones transcurre en el campo de la moralidad. Con todo, el caso del COVID-19, aún existe incertidumbre en cuanto a los riesgos asociados a determinadas conductas, como el hecho de circular por lugares públicos sin mascarillas, por ejemplo.

“Existen evidencias en la literatura científica que indican que la gente se muestra menos predispuesta a hacer sacrificios por otras personas cuando los beneficios no están claros. Por eso, el modo de informar a la población acerca de los riesgos y sobre cómo afrontar este problema marca la gran diferencia. Es realmente importante que quienes ejercen liderazgos políticos y los medios de comunicación impulsen la cooperación incentivando conductas sociales favorables. Los estudios muestran que el acto de valorar a quienes cooperan aumenta las posibilidades de que estas personas sigan obrando de esta manera y también hace que otros pasen a cooperar. Por otra parte, la falta de sanción de las conductas antisociales puede hacer mermar la cooperación incluso entre quienes se muestran comprometidos”, explicó el investigador.

El gran desafío de la actualidad, a juicio de Boggio, consiste en hacer que el mensaje (la señal) sobresalga ante las fake news y las teorías conspiratorias (el ruido). “Se ha vuelto difícil incluso saber cuál es la señal, pues muchas teorías de la conspiración han sido aceptadas como información fáctica. Algunas son sencillamente tontas, pero otras estimulan los perjuicios y la polarización, o generan consecuencias peligrosas para la salud, como en el caso de los mensajes contra las vacunas”, afirmó.

Aparte de combatir el ruido rompiendo las “cámaras de eco”, tal como él denomina a las redes articuladas para propagar desinformación, Boggio considera importante ampliar la intensidad de la señal, es decir, expandir el poder de persuasión del mensaje. “El primer paso en tal sentido consiste en contar con líderes confiables y figuras destacadas en el seno de la sociedad como portadoras de esos contenidos”, argumentó.

Las divisiones sociales

El índice de adhesión de las poblaciones a las orientaciones sanitarias en el combate contra el COVID-19 varía sobremanera no solamente entre los países, sino también entre las diferentes regiones de un mismo país. Para Ortwinn Renn, docente del Instituto de Estudios Avanzados de Sostenibilidad de la Universidad de Stuttgart (Alemania), la explicación de este fenómeno comprende factores psicológicos, sociopolíticos y culturales.

En el campo de la Psicología, comentó Renn, existen evidencias de que el 40% de las personas tienden a buscar protección (huir) al depararse con una gran amenaza, aun cuando esa conducta, de llevársela al extremo, también constituya un riesgo para la integridad física (deshidratación o desnutrición por miedo de salir del lugar elegido como refugio, por ejemplo). Por otra parte, entre el 10% y el 15% de las personas tienden a enfrentar la amenaza. En el caso del COVID-19, como el virus es muy pequeño y no pueden luchar con él directamente, la tendencia indica que buscarán chivos expiatorios para atacar, tales como extranjeros o conterráneos de otras matrices ideológicas. Existe también un tercer grupo, compuesto por las personas que tienden a ignorar la amenaza y a seguir sus vidas normalmente. A este grupo pertenecen los denominados “superpropagadores” del nuevo coronavirus, quienes, al no sentirse vulnerables al patógeno, contribuyen para transportarlo de un lugar a otro.

“Cualquier tipo de acción gubernamental o estrategia de comunicación debe tener en cuenta esos tres patrones básicos de respuesta individual. En el caso de los que tienden a huir, por ejemplo, es necesario estimular los cuidados con la salud, para que no dejen de ir al médico o de comprar alimentos y medicamentos. También es necesario evaluar si quienes pelean no están atacando al blanco errado y dejarles claro a las personas del tercer grupo que, aunque se sientan seguras, pueden constituir vectores de transmisión”, dijo Renn.

El investigador alemán apuntó hacia la fuerte polarización política en países como Estados Unidos y Brasil como uno de los factores que disminuyen el nivel de adhesión a las orientaciones sanitarias. “En esos lugares, no solamente la eficacia de las medidas se convirtió en un tema de debate político, sino también la propia peligrosidad del virus. Existe una división entre los que creen que podemos volver a las actividades y a los hábitos de antes y los que piensan que es necesario adoptar una serie de medidas de prevención. En las redes sociales vemos grupos para los cuales la enfermedad no significa algo realmente importante”, afirmó.

Desde el punto de vista cultural, Renn dividió a los países entre aquellos que tienen una mentalidad colectivista y los individualistas. A juicio del investigador, las naciones asiáticas fueron las que menos dificultades tuvieron para contener la enfermedad luego de la primera ola, independientemente de tratarse de democracias como Japón, Corea del Sul y Taiwán o autocracias como China. “Todas tienen en común la cultura de incentivar a los ciudadanos a comportarse de manera tal de contribuir al bien común, y esto comprende tanto el uso mascarillas como la aceptación de que dispositivos electrónicos rastreen sus actividades para poder avisar cuando surge una amenaza de contaminación. En países como el mío [Alemania] eso no sería aceptable. Aun frente a una amenaza como el COVID-19, eso se consideraría como una violación de privacidad”, comentó.

También desde el punto de vista cultural, Renn argumentó que, en países tales como Suecia, Noruega y Dinamarca, la población confía fuertemente en el gobierno central, y eso contribuye para la adhesión voluntaria a las medidas de salud pública. En tanto, en Francia, en Alemania y en el Reino Unido –donde la confianza en los gobernantes es menor, según él– se hace necesario realizar un esfuerzo mayor para convencer a los ciudadanos de que las medidas de prevención son eficaces, proporcionales (a la amenaza que la enfermedad representa) y justas.

“En toda Europa, vemos que entre el 70% y el 80% de la gente considera que las medidas son eficaces, proporcionales y justas. Alrededor de un 20% aún está en duda y entre el 5% y el 6% piensa que son ineficaces y por eso se opone”, dijo.

Renn remarcó también que a medida que el tiempo va pasando, las poblaciones tienden a acostumbrarse con la amenaza, lo que hace que la adhesión a las medidas sanitarias disminuya. “A este fenómeno lo denominamos descalibración de la normalidad: pasa a ser normal convivir con el nuevo coronavirus y se vuelve más difícil percatarse de la proporcionalidad de las medidas de prevención. Mi visión del futuro indica que, a menos que contemos con una vacuna muy eficiente, que nos permita volver a la antigua normalidad, contaremos con una adhesión cada vez menor a las medidas sanitarias, aun cuando surja una tercera o una cuarta ola”, sostuvo.

Un refuerzo positivo

Para entender las variaciones individuales en la respuesta a la pandemia, la profesora de la Universidad de São Paulo (USP) Martha Hubner, especialista en análisis de conducta, recurre a una fórmula conocida con el nombre de triple contingencia o contingencia de tres términos (respuesta, consecuencia y estímulos que preceden a la respuesta), que se basa en la idea de que la conducta es un fenómeno natural y se elige de acuerdo con sus consecuencias.

“El gran problema en el caso del COVID-19 consiste en que las consecuencias derivadas de la conducta –que constituyen la parte más importante de la triple contingencia– no aparecen de manera tan evidente o inmediata. Si alguien le pide que utilice mascarilla uno puede obedecer, pero las consecuencias de esta respuesta no están allí adelante nomás. Usted no tendrá la seguridad de que esa conducta lo protegió más”, explicó la investigadora durante el seminario.

Hubner destacó también que el enfrentamiento de la pandemia comprende muchas respuestas nuevas que deben asimilarse y, por eso mismo, no basta únicamente transmitirles la información a los ciudadanos. Los nuevos comportamientos deben ejercitarse, modelarse y estimularse socialmente. Y sostiene que es necesario llevar a cabo un “refuerzo positivo” (mostrar que se podrán logran buenas cosas mediante una determinada conducta) y generar consecuencias sociales para determinadas conductas.

“Las respuestas que van al embate de los deseos de la gente, como la de permanecer lejos de los seres queridos, son difíciles de asimilarse. Requieren tiempo para convertirse en algo estable y deben ejercitarse constantemente. Debe haber reglas sencillas y sin contradicciones, que se transmitan en un lenguaje amigable y constante. La ciencia debe hablar con la gente todo el tiempo”, remarcó.

La profesora Deisy Souza, de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), ofició de moderadora del seminario. La apertura del evento contó con la participación del director científico de la FAPESP, Luiz Eugênio Mello. Puede accederse a las versiones íntegras de los debates en el siguiente enlace: www.youtube.com/watch?v=VgnF-wkPguI&t=6185s
 

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