El envejecimiento de la población debe ser una prioridad de las políticas públicas | AGÊNCIA FAPESP

El envejecimiento de la población debe ser una prioridad de las políticas públicas En el marco de un estudio de larga duración iniciado en 2000, se mapearon las condiciones de vida y de salud de los ancianos del Municipio de São Paulo, en Brasil (foto: Wikimedia Commons)

El envejecimiento de la población debe ser una prioridad de las políticas públicas

26 de noviembre de 2015

Por José Tadeu Arantes

Agência FAPESP – “Brasil debe reconocer que es un país en rápido proceso de envejecimiento y hacer de ello una prioridad, tanto en la definición de políticas públicas como en la dotación de recursos”. Esta afirmación estuvo a cargo de Maria Lúcia Lebrão, profesora titular sénior de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de São Paulo.

Lebrão coordina la investigación intitulada “Estudio Sabe – Salud, Bienestar y Envejecimiento”, un trabajo longitudinal de múltiples cohortes sobre las condiciones de vida y salud de los ancianos del municipio de São Paulo. Este estudio multicéntrico se inició en el año 2000, cuando, por iniciativa de la Organización Panamericana de la Salud (Opas), se encuestó a personas de 60 años o más de siete grandes ciudades de Latinoamérica y el Caribe, entre ellas São Paulo. Con el apoyo de la FAPESP, el trabajo se reeditó en São Paulo en 2006, 2010, y va ahora por su cuarta edición.

“En 2000 visitamos casi 6 mil domicilios y entrevistamos a 2.143 personas (cohorte A). En 2006, regresamos a los hogares de las personas que habíamos visitado anteriormente y logramos entrevistar a 1.115 (cohorte A). Asimismo, entrevistamos a un nuevo contingente de 60 a 64 años (cohorte B). En 2010, volvimos a las residencias de las personas que visitamos en 2006, tanto de la cohorte A como de la cohorte B, e introdujimos un nuevo grupo de 60 a 64 años (cohorte C). Vamos a seguir aplicando el mismo procedimiento en esta cuarta roda. El Sabe es, por ende, un estudio longitudinal, en el cual se ha venido haciendo un seguimiento de un mismo contingente de ancianos en el transcurso del tiempo, y también un estudio de múltiples cohortes, pues en cada reedición se agrega un nuevo contingente al anterior”, explicó la investigadora a Agência FAPESP.

Este doble carácter permitió que en el estudio se mapeasen tanto los cambios vividos por los individuos en el transcurso de su proceso de envejecimiento como las transformaciones que ha venido atravesando la sociedad y que se reflejan en las nuevas características de las personas que llegan a la sexta década de vida.

“La cohorte A está formada por ancianos más tradicionales. En ella predominan personas de baja escolaridad (el 50% estudió tan sólo tres años o menos), muchas provenientes de la zona rural (el 70% trabajó en tareas físicas) y dotadas de hábitos muy distintos a los actuales (para estas personas fumar y beber eran cosas normales, y la actividad física se restringía a aquélla incorporada al trabajo). Hoy en día, la situación es completamente diferente”, declaró Lebrão a Agência FAPESP.

Según la investigadora, la nueva generación de ancianos está más preocupada con la promoción de la salud. Intentan no fumar, beber menos, practicar ejercicios físicos, conducir sus coches por más tiempo. “Más que nada, son personas con un nivel de escolaridad más alto”, afirmó.

A esas características positivas se contraponen los enormes desafíos que el envejecimiento de la población le plantea a la sociedad brasileña. El porcentaje de ancianos en el país trepó del 4,1% en 1940 al 10,8% en 2010, y llegará al 12,0% en 2020.

“Nuestra transición demográfica ocurrió en tres grandes etapas. Del siglo XIX hasta 1940, tuvimos altas tasas de natalidad y también altas tasas de mortalidad, que resultaron en una población aproximadamente estable, con gran proporción de jóvenes. Desde mediados de la década de 1940 hasta el final de la década de 1960, se mantuvieron altas las tasas de natalidad mientras que cayó la de mortalidad, lo cual ocasionó un aumento poblacional y un aumento también del contingente joven. La tercera tendencia, que se inició a mediados de los años 1960, combinó la disminución de la tasa de natalidad con la reducción de la tasa de mortalidad, lo cual provocó la rápida caída del crecimiento poblacional y el aumento porcentual de los contingentes de adultos jóvenes y ancianos”, informó Lebrão.

La tasa de fecundidad

La tasa de fecundidad brasileña cayó de 5,8 hijos por pareja en 1970 a 1,8 hijos por pareja en 2010, una cifra que no es suficiente para producir la reposición poblacional. “Si se mantiene la tendencia decreciente, llegaremos a un pico poblacional de 218 millones de personas en 2035, luego del cual la población brasileña comenzará a disminuir”, pronosticó la investigadora. Brasil sigue así la tendencia mundial, impulsada por los países desarrollados, que llevará a que a franja de la población del planeta con más 65 años supere en número a la franja de la población con menos de 5 años antes de 2020.

En términos globales, ese envejecimiento de la población llevó a una transición epidemiológica, cuando las enfermedades infecciosas, antes prevalentes, quedaron suplantadas por las enfermedades crónicas no transmisibles. Pero Brasil, al igual que otros países de América Latina y el Caribe, no experimentó una transición epidemiológica tan lineal como la que se observó en los países desarrollados. “Nuestra transición epidemiológica se caracteriza por un vaivén. Si bien ya tenemos muchos ancianos con enfermedades crónicas no transmisibles, tenemos también y todavía una alta incidencia de enfermedades infecciosas (dengue, fiebre amarilla, paludismo, etc.). Pensamos, por ejemplo, que la fiebre amarilla había sido erradicada, y de repente constatamos su resurgimiento. Este vaivén exige que los recursos del sistema de salud se repartan para afrontar una doble carga de enfermedades”, puntualizó Lebrão.

Otro aspecto, que es aún más importante en términos de impacto sobre el sistema de salud, reside en que mientras la curva de mortalidad se desplaza a edades cada vez mayores, la curva de morbilidad se mantiene prácticamente inalterable. Es decir, la gente pasó a vivir más, pero sigue enfermándose a la misma edad que antes. Y el intervalo entre ambas líneas tiende a aumentar cada vez más, con un gran impacto sobre el sistema de salud.

“Si bien la esperanza de vida al nacer pasó de 52,6 años en 1970 a 73,4 años en 2010, la gente siguió padeciendo diabetes o afecciones cardíacas a partir de la quinta década de vida. Y esto está generando un enorme aumento de la demanda de los servicios de salud”, ejemplificó la investigadora. “Lo que tenemos que hacer es promover salud, para que las personas no se enfermen tan tempranamente.”

La curva de incapacidad

El intervalo cada vez mayor entre la curva de mortalidad y la curva de morbilidad deriva en un aumento también de la curva de incapacidad. Se prolonga la vida de la persona enferma, pero no se evitan las complicaciones incapacitantes de la enfermedad, lo cual, aparte de comprometer la calidad de vida, constituye otro gravísimo problema económico y social. “Los servicios públicos no están de ninguna manera capacitados para responder a esta nueva realidad. La gente enferma o incapacitada pasa a depender de la familia y hay cada vez menos familiares para hacerse cargo de esa responsabilidad. La familia extensa ha sido reemplazada por la familia nuclear. Si en 1970, por cada anciano había ocho jóvenes, en 2020 tendremos solo dos”, enfatizó Lebrão.

En la lista de las dolencias, según la investigadora, el gran fantasma está constituido por las diversas modalidades de demencia, de las cuales la enfermedad de Alzheimer constituye uno de los diagnósticos, pero no el único. “Con el seguimiento de las mismas personas (cohorte A) a lo largo del proceso de envejecimiento, constatamos que el compromiso cognitivo pasó del 13,2% en 2000 al 14,3% en 2006, y al 18,7% en 2010”, dijo.

Para el conjunto de los entrevistados de 2010 (cohortes A, B y C), por orden de prevalencia, las principales enfermedades crónicas relatadas fueron hipertensión (66,7%), enfermedades articulares (31,8%), diabetes (25,0%) y problemas cardíacos (22,9%).

“Resulta importante remarcar que a menudo las enfermedades no se diagnostican y ni siquiera se las reconoce como tales. Esto sucede fundamentalmente con relación a las enfermedades articulares. Existe el mito de que sentir dolor en las articulaciones es algo normal al cabo de una cierta edad. ‘Es cosa de viejos’, se suele decir, como si estos trastornos constituyesen una fatalidad. Esto de ninguna manera es verdadero. Las enfermedades articulares pueden evitarse y también se las puede tratar”, subrayó Lebrão.

También suele pasar que no se reconozcan los cuadros de depresión. “Se trata de un mapeo más difícil, pues la depresión no es una condición fija. La persona puede estar deprimida y el día de la entrevista se siente bien. O que su condición depresiva esté camuflada debido a la medicación. Por eso en el Sabe implementamos dos formas de evaluación: por medio del test GDS (Geriatric Depression Scale) y preguntando si alguna vez un médico o un enfermero le había dicho al entrevistado que padecía depresión. Entre los entrevistados de 2010, alrededor del 17% respondió afirmativamente a esa pregunta, un porcentaje que fue aún más elevado entre las mujeres”, informó la investigadora.

La depresión puede estar muchas veces asociada a la soledad. El Sabe mostró que alrededor del 16,5% de los habitantes de 60 años y más del municipio de São Paulo vive solo. Las mujeres mucho más que los varones. Y que ese porcentaje asciende al 25%, una de cada cuatro personas, en la franja de los 80 años o más. “Constituye una tarea urgente crear redes de apoyo, con servicios integrados. La persona puede seguir viviendo sola. Pero debe poder contar con un soporte rápido en caso de que surja algún problema, y con un soporte prolongado en el día a día. Eso ya existe en los países desarrollados. ¿Por qué no puede implementárselo también acá?”, concluyó Lebrão.

 

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