Se utilizó una cámara de termografía infrarroja para captar el aumento de temperatura en la región supraclavicular, lo que indica una mayor actividad del BAT (imagen: Laura Ramos Gonçalves Gomes/FCA-Unicamp)
Investigación de la Universidad Estatal de Campinas revela que los ciclos de adelgazamiento y recuperación de peso van más allá de la oscilación de los números en la balanza
Investigación de la Universidad Estatal de Campinas revela que los ciclos de adelgazamiento y recuperación de peso van más allá de la oscilación de los números en la balanza
Se utilizó una cámara de termografía infrarroja para captar el aumento de temperatura en la región supraclavicular, lo que indica una mayor actividad del BAT (imagen: Laura Ramos Gonçalves Gomes/FCA-Unicamp)
Por Fernanda Bassette | Agência FAPESP – Un estudio realizado por investigadores de la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp), en el estado de São Paulo, Brasil, advierte sobre los impactos del llamado efecto acordeón en la salud metabólica femenina. La investigación muestra que las mujeres que atravesaron sucesivos ciclos de pérdida intencional y recuperación no intencional de peso presentaron un peor perfil cardiometabólico y una menor actividad de la grasa parda, un tipo especial de grasa que ayuda a gastar energía. El hallazgo refuerza que el problema no reside únicamente en la oscilación del peso en sí, sino en la acumulación progresiva de grasa corporal a lo largo del tiempo.
El trabajo, apoyado por la FAPESP y publicado en Nutrition Research, fue desarrollado en el Laboratorio de Investigación en Metabolismo y Diabetes del Gastrocentro-Unicamp bajo la orientación de Ana Carolina Junqueira Vasques y la coorientación de Bruno Geloneze. El estudio contó además con la participación de Laura Ramos Gonçalves Gomes e Isabela Solar.
De acuerdo con Vasques, el foco del trabajo fue evaluar la actividad del tejido adiposo pardo, conocido por la sigla en inglés BAT (brown adipose tissue), un tipo de grasa que ha despertado un interés creciente de la ciencia en los últimos años debido a su papel potencial en el manejo de la obesidad, la diabetes y las dislipidemias.
A diferencia de la grasa blanca, que almacena energía en forma de grasa corporal, el BAT cumple una función prácticamente opuesta: quema glucosa y lípidos para producir calor, contribuyendo al gasto energético del organismo. “Este tejido es rico en mitocondrias, que son estructuras responsables de la producción de energía en las células, lo que le confiere la coloración parduzca y una alta actividad metabólica”, explica la investigadora.
Hasta hace poco más de una década, se creía que la grasa parda existía solo en los recién nacidos, ayudando al mantenimiento de la temperatura corporal. Sin embargo, en 2009, estudios demostraron que los adultos también poseen BAT, especialmente en la región supraclavicular, que incluye el cuello, por encima de la clavícula y alrededor de la columna. Desde entonces, el número de investigaciones sobre el tema creció rápidamente.
En el estudio de la Unicamp participaron 121 mujeres de entre 20 y 41 años, con distintos rangos de índice de masa corporal (IMC). Las participantes fueron divididas en dos grupos: aquellas sin historial de efecto acordeón y aquellas clasificadas como “cicladoras”, es decir, mujeres que reportaron tres o más episodios de pérdida de peso intencional seguidos de recuperación no planificada (de al menos 4,5 kg) a lo largo de los últimos cuatro años, un patrón frecuentemente asociado a dietas restrictivas en busca de adelgazamiento.
La elección de estudiar solo mujeres no fue aleatoria. Además de que el laboratorio ya contaba con un banco de datos femenino robusto, la investigadora señala que existen diferencias importantes entre hombres y mujeres en la cantidad y la actividad de la grasa parda. “El estudio se centró en mujeres jóvenes, aún fuera del período de la menopausia, precisamente para evitar interferencias hormonales que alteran la distribución de la grasa corporal. Además, las mujeres tienden a sufrir una mayor presión estética y a recurrir con más frecuencia a dietas restrictivas, lo que aumenta la ocurrencia del efecto acordeón”, destaca.
Calor y frío
Para evaluar la actividad de la grasa parda, las participantes fueron sometidas a un protocolo de exposición controlada al frío (18 °C), considerado el principal estímulo para la activación del BAT. Primero fueron colocadas en una sala climatizada. Luego, fueron trasladadas a un ambiente enfriado, a una temperatura que no indujo temblores. La investigadora explica: “Si el individuo comienza a temblar, tendrá otro gasto energético. Por eso la temperatura se mantuvo en 18 °C, que se considera un frío tolerable”.
En ambos ambientes, la actividad del BAT fue monitoreada en distintos momentos. Se utilizó una cámara de termografía infrarroja para captar el aumento de temperatura en la región supraclavicular, lo que indica una mayor actividad del BAT. “Esta cámara genera imágenes y capta exactamente las regiones más calientes, pintándolas de un color diferente. A partir de la intensidad de ese color, podemos cuantificar cuánto se activa ese BAT en cada participante”, explica Vasques. También se analizaron indicadores como el porcentaje de grasa corporal, la grasa visceral, la glucemia, el perfil lipídico y la presión arterial.
Los resultados iniciales mostraron que las mujeres denominadas cicladoras, con historial de efecto acordeón, presentaban mayor grasa corporal, mayor acumulación de grasa visceral y peores indicadores metabólicos, además de una menor actividad de la grasa parda. En un análisis inicial, el efecto acordeón apareció asociado a la reducción del BAT. Sin embargo, cuando los investigadores profundizaron la modelización estadística, observaron que esa relación no era directa, sino que estaba modulada por la acumulación de grasa.
“El efecto acordeón probablemente actúa de forma indirecta. A lo largo de sucesivos ciclos de adelgazamiento y recuperación de peso, se produce un deterioro progresivo de la composición corporal, con una recuperación predominantemente de grasa y no de masa muscular. Por eso, lo que realmente explica la menor actividad de la grasa parda no es el efecto acordeón por sí solo, sino el exceso de adiposidad corporal”, afirma.
Esto ocurre porque, en cada dieta restrictiva, el organismo activa mecanismos de defensa para intentar recuperar el peso perdido, reduciendo el gasto energético basal, alterando las hormonas del hambre y la saciedad y volviendo el metabolismo más eficiente en el almacenamiento de energía. “Cuando la persona recupera peso, este regresa principalmente en forma de grasa y no de masa magra”, explica la investigadora. A largo plazo, este proceso favorece el aumento del porcentaje de grasa corporal y de la grasa visceral, factores que están directamente relacionados con la reducción de la actividad del BAT.
Aunque no es posible medir la actividad del BAT en un examen de rutina (esto solo se realiza en un entorno de investigación), Vasques señala que, desde el punto de vista clínico, el estudio refuerza que el manejo de la obesidad no puede centrarse únicamente en los kilos perdidos en la balanza. “Las estrategias de tratamiento de la obesidad deben priorizar la calidad de la composición corporal, la reducción sostenible a largo plazo del porcentaje de grasa y la preservación de la masa muscular, con abordajes multiprofesionales y cambios conductuales duraderos”, afirma.
Vasques también destaca que, aunque la grasa parda puede estimularse mediante factores como la actividad física, la reducción de la grasa corporal e incluso la exposición al frío, no debe verse como una solución aislada para el adelgazamiento. “Su papel más relevante está en la mejora del metabolismo de la glucosa y de los lípidos, ayudando a proteger contra la diabetes y las enfermedades cardiovasculares”, concluye.
El artículo Weight cycling in women: A challenge for cardiometabolic health, not for brown fat puede leerse en: sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S027153172500137X.
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