Acacias con 33 meses de vida, en Manaus: las TPA o “tierras negras de indio” (TPI), como también se conocen, resultan de la descomposición de materia orgánica y del uso del fuego por poblaciones precolombinas y continúan siendo creadas por pueblos actuales (foto: Tsai Siu Mui/Cena-USP)
Pequeñas cantidades del suelo antropogénico, creado por antiguas poblaciones amazónicas, demostraron un efecto potente en el crecimiento de dos especies de interés para la reforestación
Pequeñas cantidades del suelo antropogénico, creado por antiguas poblaciones amazónicas, demostraron un efecto potente en el crecimiento de dos especies de interés para la reforestación
Acacias con 33 meses de vida, en Manaus: las TPA o “tierras negras de indio” (TPI), como también se conocen, resultan de la descomposición de materia orgánica y del uso del fuego por poblaciones precolombinas y continúan siendo creadas por pueblos actuales (foto: Tsai Siu Mui/Cena-USP)
Por André Julião | Agência FAPESP – Un estudio realizado en el estado de Amazonas (Brasil), con apoyo de la FAPESP, demostró que pequeñas cantidades de la llamada “tierra negra de la Amazonía” (TPA), un suelo antropogénico creado por antiguas poblaciones amazónicas, son capaces de aumentar el crecimiento hasta en un 55 % en altura y un 88 % en diámetro del lapacho rosado (Handroanthus avellanedae), árbol que también se encuentra en la Mata Atlántica.
En una especie amazónica, el paricá (Schizolobium amazonicum), el aumento fue del 20 % en altura y del 15 % en el diámetro del tronco. Los resultados corresponden a los primeros 180 días de vida de las plantas, en comparación con otras de las mismas especies que no recibieron la tierra negra.
La investigación, publicada en la revista BMC Ecology and Evolution, fue realizada por investigadores del Centro de Energía Nuclear en la Agricultura de la Universidad de São Paulo (Cena-USP), en Piracicaba, de la Embrapa Amazonía Occidental –una de las unidades descentralizadas de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa)– y del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía (Inpa), ambos en la capital estatal, Manaus.
“El factor determinante no fue la cantidad de nutrientes en sí, que no cambia mucho, sino los microorganismos, que eran bastante diferentes, especialmente los hongos. En las plantas tratadas con tierra negra hay una reorganización de la microbiota alrededor de las raíces, con un reclutamiento más eficiente de microorganismos beneficiosos y una reducción de patógenos”, explica Anderson Santos de Freitas, primer autor del estudio, realizado durante su doctorado en el Cena-USP con beca de la FAPESP.
Además de ayudar a reforestar áreas degradadas y proporcionar servicios ecosistémicos, las dos especies analizadas pueden utilizarse en la explotación sostenible de madera, especialmente el lapacho rosado.
El trabajo forma parte del proyecto “Retroalimentaciones planta-suelo en la selva amazónica y en sistemas agrícolas en el estado de Amazonas”, apoyado por la FAPESP y coordinado por Tsai Siu Mui, profesora del Cena-USP.
Tierra ancestral
Las tierras negras de la Amazonía o tierras negras de indio (TPI), como también se las conoce, resultan de la descomposición de materia orgánica y del uso del fuego por poblaciones precolombinas y continúan siendo creadas por pueblos actuales (lea más en: www.science.org/doi/10.1126/sciadv.adh8499).

TPA con fragmentos de carbón, indicados por las flechas blancas (imagen: Holger Casselmann/Wikimedia Commons)
El estudio muestra que las TPA albergan un conjunto de bacterias, arqueas y hongos que ayudan a las plantas a absorber nutrientes y, además, eliminan otros microorganismos oportunistas y patógenos, haciendo el ambiente mucho más favorable para su crecimiento.
“Estudiamos las tierras negras desde hace más de 20 años y hemos probado diversas formas de uso. La idea es entender en que son mejores para que los árboles crezcan más rápido y más fuertes en áreas degradadas”, explica Tsai.
“Cuando se deforesta, principalmente para pasturas, la tendencia es que el suelo sea mal manejado, lo que conduce a una pérdida muy rápida de microorganismos y nutrientes. El objetivo es recuperar la selva y los servicios ecosistémicos en esas áreas”, añade.
Protegidas por ley, las tierras negras están reguladas por el Consejo de Gestión del Patrimonio Genético (CGen), órgano colegiado presidido por el Ministerio de Medio Ambiente y Cambio Climático.
“Utilizamos pequeñas cantidades en los experimentos, tras obtener autorización del CGen. La idea no es que las personas las utilicen directamente, lo cual está prohibido, sino entender cómo se forman, cuál es su composición y qué microorganismos y procesos las hacen tan especiales. Con ello, podríamos reproducirlas o aislar sus componentes que puedan ser útiles”, afirma Freitas.
Experimento
En un estudio anterior, el grupo comparó el crecimiento en invernadero, con y sin la adición de tierra negra, de plántulas de otras especies arbóreas y del pasto braquiaria (lea más en: agencia.fapesp.br/42031).
En el trabajo actual, se midió el crecimiento de las plántulas en campo. Para ello, semillas de las dos especies fueron cultivadas en el vivero de Embrapa Amazonía Occidental, en Itacoatiara, estado de Amazonas, bajo dos tratamientos: tierra negra o fibra de coco.
Tras 15 días, las semillas habían germinado y se habían convertido en plántulas, que luego fueron trasladadas al campo experimental de la misma institución, en Manaus. Fueron plantadas en el suelo y no recibieron ningún tipo de fertilización ni herbicidas, recibiendo únicamente agua de lluvia y con control manual de malezas.
Después de seis meses, todas las plantas estaban vivas. Sin embargo, las diferencias en las tratadas con TPA fueron significativas. En el caso del paricá, aunque presentó un crecimiento proporcionalmente menor que el observado en los lapachos rosados, los árboles alcanzaban alrededor de 1,5 metros de altura 180 días después de que las plántulas fueran trasladadas al campo.
Los investigadores observaron en el suelo de las plantas tratadas con tierra negra un aumento, principalmente, en la diversidad de hongos, más acentuado en el lapacho rosado. La explicación puede ser la gran adaptación del paricá a suelos degradados, lo que hace que la especie no requiera tantos nutrientes ni microorganismos.

Investigadores recolectan muestras de suelo y miden el tronco de árboles durante experimento con TPA (foto: Anderson Santos de Freitas/Cena-USP)
“Los hongos responden más rápidamente, por ser microorganismos más complejos. Con la adición de tierra negra, hay inmediatamente un aumento de materia orgánica y, por lo tanto, de hongos descomponedores, que realizan un reciclaje más eficiente de los nutrientes, haciéndolos más disponibles para las plantas”, detalla Freitas.
Los resultados publicados ahora corresponden a los primeros 180 días de vida de las plantas. En total, el experimento duró tres años. Actualmente, los investigadores analizan los datos del período completo, que darán lugar a nuevos trabajos.
En más de 20 años estudiando las tierras negras, el laboratorio liderado por Tsai en el Cena-USP ha aislado más de 200 microorganismos de estas formaciones, que ahora están siendo analizados en cuanto a sus funciones. La idea es desarrollar soluciones que puedan aplicarse en la recuperación de suelos degradados para la reforestación.
El trabajo también contó con el apoyo de la FAPESP mediante una Beca de Doctorado en el Cena-USP para otro coautor del estudio, Guilherme Lucio Martins.
El artículo Boosting tree growth in the Amazon rainforest using Amazonian Dark Earths puede leerse en: link.springer.com/article/10.1186/s12862-026-02495-y.
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