La resiliencia de la Selva Amazónica crea ventanas de oportunidades para la regeneración pasiva | AGÊNCIA FAPESP

La resiliencia de la Selva Amazónica crea ventanas de oportunidades para la regeneración pasiva El avance del restablecimiento forestal en zonas ribereñas, con la presencia de un tronco grande residual que actúa en la formación de pozos (foto: Felipe Rossetti de Paula).

La resiliencia de la Selva Amazónica crea ventanas de oportunidades para la regeneración pasiva

11 de agosto de 2022

Por José Tadeu Arantes | Agência FAPESP – En un lapso de tiempo de aproximadamente 32 años, entre 1988 y 2020, se deforestaron 457.474 km2 en la Amazonia Brasileña, un área mucho mayor que la de Italia y casi igual a la de España. Y el ritmo del desmonte, que había disminuido, ha vuelto a aumentar durante los últimos cuatro años, principalmente en 2022.

Un dato auspicioso en este escenario muestra que 120.000 km² de área deforestada, destinados fundamentalmente a la formación de pasturas y posteriormente abandonados, volvieron a regenerarse pasivamente mediante la acción de procesos naturales.

Al tiempo que el desmonte y la degradación de las áreas remanentes deben interrumpirse de manera perentoria, la selva ofrece ventanas de resiliencia que pueden utilizarse con inteligencia para impulsar la regeneración. Y un artículo publicado en el periódico científico Science of The Total Environment aportó información sustancial en tal sentido.

“Actualmente existen muchas áreas en regeneración pasiva en la Amazonia. Y en la región que estudiamos, situada en el municipio de Paragominas, en el estado de Pará, la selva ubicada a orillas de los arroyos recuperó atributos estructurales [densidad de ejemplares y de dosel arbóreo] a partir de los 12 años, mientras que la recuperación del área basal se concretó en 18 años”, le dice a Agência FAPESP el investigador Felipe Rossetti de Paula, quien realiza un posdoctorado de la Escuela Superior de Agricultura Luiz de Queiroz de la Universidad de São Paulo (Esalq-USP), en Brasil, y es el primer autor del estudio.

Rossetti de Paula remarca que gran parte de esas áreas en regeneración se ubican a orillas de cuerpos de agua, comúnmente conocidas como zonas ribereñas o zonas ripícolas. “La importancia de que existan bosques en las zonas ripícolas obedece al hecho de que los ecosistemas de los arroyos o riachos son estrechos, por eso se encuentran casi totalmente cubiertos por el dosel arbóreo. De este modo, los recursos alimentarios que sostienen la base de la cadena alimentaria en esos cursos de agua provienen de las hojas, los frutos y los insectos que caen al medio líquido y son descompuestos y utilizados por microorganismos, y más tarde consumidos por invertebrados acuáticos, que posteriormente les servirán de alimento a los peces”, afirma.

Esta secuencia caracteriza a los arroyos como sistemas predominantemente heterotróficos, es decir, que dependen de recursos externos. Cuando se talan los bosques ribereños, se elimina el dosel arbóreo y, junto a este, los aportes orgánicos que mantienen la heterotrofia del sistema. El mismo se vuelve entonces autotrófico, por lo cual debe generar su propia fuente de energía para sostener la cadena alimentaria.

En este punto, el papel de los hongos descomponedores en la cadena alimentaria es reemplazado por organismos fotosintetizadores, tales como algas, microalgas y plantas acuáticas, que utilizan la luz solar para producir su alimento y que luego serán consumidos por invertebrados acuáticos, y así sucesivamente. En estas condiciones, los aumentos de los niveles de luz y de temperatura en el sistema pueden ocasionar también la proliferación exagerada de microalgas, lo cual aumenta la turbiedad del agua y la vuelve menos propicia para el consumo de las poblaciones locales. Asimismo, estudios recientes demostraron que las temperaturas elevadas del agua hicieron mermar el crecimiento de especies autóctonas de peces, menos tolerantes a esta condición.

“Con la regeneración de los bosques ripícolas, se recupera el dosel arbóreo, y con este, el suministro de material orgánico y el control de la entrada de luz en el ecosistema acuático. El sistema como un todo recupera su estatus heterotrófico”, resume Rossetti de Paula.

El investigador enfatiza también que los grandes árboles que caen en los arroyos poseen funciones ecológicas sumamente relevantes, tales como ofrecer refugio a los peces dentro de sus cavidades, aportar alimentos y lugares de fijación a los invertebrados acuáticos y, lo que es más importante, represar el flujo de agua, creando pequeñas piscinas naturales que son lugares de flujo reducido y de retención de material orgánico y nutrientes.

“Sin esos pozos, la disponibilidad de recursos alimentarios y nutrientes se ve reducida, pues estos tienden a ser transportados más rápido por el flujo de agua. Esas piscinas también constituyen importantes hábitats de peces que utilizan la columna de agua para nadar, como las mojarras”, informa Rossetti de Paula.

Por ende, la deforestación en zonas ribereñas también elimina el aporte de los árboles en los riachos y, como consecuencia de ello, todas sus funciones dentro del ecosistema acuático. Y aun con el avance de la regeneración, la recuperación del suministro de árboles grandes a orillas de un arroyo es más lenta que la del suministro de hojas y el control de la luz solar, pues los árboles tardan más para crecer en diámetro que para desarrollar el dosel.

“Un bosque joven, con árboles de pequeño diámetro, podrá incluso aportarle árboles al riacho, pero los pozos que formará serán pequeños y temporales, pues los árboles pequeños son descompuestos más rápido, o el flujo de agua los lleva con mayor facilidad”, argumenta el investigador, quien hace a su vez hincapié en la importancia de aprovechar las ventanas de resiliencia constituidas por arroyos que aún poseen grandes árboles tumbados en su curso.

“La regeneración pasiva prácticamente carece de costos de implementación si se la compara con los proyectos de restauración convencionales, que requieren preparación, recuperación del suelo, cultivos de plantines y manejo del área para que los plantines no perezcan. Si se tiene en cuenta la alta resiliencia que aún impera en la Amazonia, las posibilidades de que los bosques ripícolas se recuperen es muy grande”, explica Rossetti de Paula.

Y el investigador afirma que muchos arroyos aún cuentan con árboles grandes caídos en sus cursos, que ofrecen refugios y recursos a los organismos acuáticos, que constituyen una importante fuente de retención de biodiversidad aun después del desmonte. Estas oportunidades no deben desperdiciarse.

“Si no aprovechamos los árboles que aún existen dentro de los canales, se descompondrán y se perderán, y cuando empiece la regeneración habrá una enorme laguna hasta que los árboles crezcan en diámetro y posteriormente caigan a los riachos. Durante ese hiato, los arroyos carecerán de muchas de las funciones que los troncos cumplen exclusivamente, lo que acarreará extinciones locales y una pérdida de biodiversidad”, pondera el investigador.

Si se tiene en cuenta la enorme diversidad de peces existentes en los arroyos amazónicos, es imprescindible proteger estos ecosistemas altamente biodiversos y que también les ofrecen servicios ecosistémicos a las poblaciones locales. En tal sentido, debe aprovecharse al máximo el enorme potencial de regeneración pasiva de estos bosques y los troncos grandes aún presentes en los riachos para acelerar la regeneración a un bajo costo, con grandes beneficios ambientales.

Rossetti de Paula destaca que, en otras áreas, como las del estado de São Paulo, la regeneración pasiva puede no ser tan eficiente como en la Amazonia, debido al largo historial de deforestación y degradación que posiblemente agotó las fuentes de regeneración natural de la zona.

“En algunas áreas que estudiamos en el estado de São Paulo, como las de la cuenca del río Corumbataí y la de la Estación Experimental de Ciencias Forestales en Itatinga, hallamos boques ripícolas de aproximadamente 32 años de edad y valores de diámetro de árboles muy inferiores a los de los bosques regenerados más antiguos de nuestro estudio en la Amazonia”, afirma.

Cabe destacar también que muchos bosques ribereños en regeneración se encuentran ubicados en propiedades rurales y rodeados de actividades agrícolas. Estas pueden actuar como fuentes de trastornos que retarden o que eventualmente impidan la regeneración.

Para la cuantificación inicial de la edad de la regeneración, en el estudio se utilizó inicialmente un mapa de regeneración suministrado por el Instituto del Hombre y el Medio Ambiente de la Amazonia (Imazon), basado en imágenes satelitales de 30 metros de resolución, correspondiente al período comprendido entre 1988 y 2010. Posteriormente, la periodización se expandió hasta 1984, con imágenes disponibles en la plataforma Google Engine Timelapse. “Aparte de expandir la periodización, esto hizo posible una mejor cuantificación de la edad de la regeneración y también del tiempo en que el área permaneció bajo pasturas antes del comienzo de la regeneración”, comenta Rossetti de Paula.

El estudio se concretó en Paragominas, un municipio con algunas peculiaridades importantes. Desde su fijación, en la década de 1960, en la estela de la construcción de la carretera que une la capital federal (Brasilia) a la ciudad de Belém, la capital del estado de Pará, el mismo fue escenario de una intensa deforestación, fundamentalmente para la extracción de madera y la instauración de pasturas. Sin embargo, muchas áreas se volvieron rápidamente improductivas y terminaron siendo abandonadas, lo que dio inicio al proceso de regeneración pasiva. Asimismo, Paragominas ha embarcado recientemente en la implementación de iniciativas sostenibles, como la de los Municipios Verdes (el programa de regularización ambiental de la gobernación del estado de Pará), que también contribuyeron para la regeneración natural.

“Un dato importante de nuestro estudio consistió en que se concentró en una zona más alejada de la sede del municipio de Paragominas, dentro de una enorme área forestal bajo manejo sostenible, lo que también ayudó en el proceso de regeneración pasiva, toda vez que la cercanía de los bosques circundantes aumenta las fuentes de regeneración”, remarca el investigador.

Los datos se recabaron entre 2014 y 2016, durante el doctorado de Rossetti de Paula en la University of British Columbia, en Canadá, con el apoyo de la FAPESP y bajo la dirección de tesis de Silvio Frosini de Barros Ferraz. En 2018, Rossetti de Paula prosiguió el estudio con una beca posdoctoral de la FAPESP. 

Puede accederse a la lectura del artículo intitulado Seizing resilience windows to foster pasive recovery in the forest-water interface in Amazonian lands en el siguiente enlace: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0048969722015182
 

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