La pandemia de COVID-19 advierte sobre la necesidad de monitorear a los nuevos agentes infecciosos | AGÊNCIA FAPESP

La pandemia de COVID-19 advierte sobre la necesidad de monitorear a los nuevos agentes infecciosos En un seminario online organizado por la FAPESP, expertos destacan que la deforestación de bosques favorece el ‘desbordamiento’ de patógenos de animales silvestres hacia los humanos, y afirman que resulta urgente ampliar el monitoreo de las zoonosis (imagen: reproducción)

La pandemia de COVID-19 advierte sobre la necesidad de monitorear a los nuevos agentes infecciosos

30 de septiembre de 2021

Por Maria Fernanda Ziegler  |  Agência FAPESP – Una de las grandes advertencias que se escucharon en Brasil con la pandemia de COVID-19 fue la que indica la necesidad urgente de ampliar el monitoreo de las zoonosis, las enfermedades infecciosas que se transmiten entre animales y personas. Es sabido que la deforestación progresiva de los bosques favorece aquello a lo que los científicos denominan spillover, es decir, el desbordamiento o rebasamiento de patógenos de especies silvestres hacia los humanos. Se cree que de este modo habrían emergido dolencias tales como el sida, el ébola, la enfermedad de Lyme, el paludismo o malaria, la rabia y, muy probablemente, el COVID-19.

La necesidad de contar con un mayor monitoreo y de otras estrategias tendientes a evitar el surgimiento de nuevas pandemias fueron los temas que se debatieron en el marco del cuarto y último webinario de la serie La salud y el ambiente en la Amazonia en el contexto del COVID-19, realizado el pasado día 26 de agosto.

La propuesta de debate partió de investigadores que integran el proyecto intitulado Después de las hidroeléctricas. Los procesos sociales y ambientales posteriores a la construcción de las centrales de Belo Monte, Jirau y Santo Antônio en la Amazonia Brasileña, que cuenta con el apoyo de la FAPESP en el ámbito del programa São Paulo Excellence Chair (SPEC). 

“La pregunta que queda por responderse es por qué hasta ahora ninguna pandemia empezó en Brasil. Las áreas tropicales con alta diversidad de mamíferos son tenidas como puntos de riesgo para la emergencia de zoonosis y enfermedades infecciosas. Pero la verdad indica que aún importamos muchos más agentes infecciosos que los que exportamos. Sin embargo, la reciente aceleración de la deforestación, sobre todo en la Amazonia, en el Pantanal y en el Cerrado [la sabana brasileña], nos permite imaginar lo que puede estar por venir”, dijo Márcia Chame, investigadora de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz), vinculada al Ministerio de Salud de Brasil.

Chame es coordinadora del Centro de Información en Salud Silvestre (CISS) de la Fiocruz, y afirma que el actual escenario de devastación ambiental aumenta aún más la necesidad de monitorear a los animales considerados centinelas de zoonosis, tal como es el caso de los monos, y de la fiebre amarilla.

“En Brasil aún no contamos con un monitoreo suficiente ni como buenos modelos de predicción que nos permitan detectar con precisión dónde están los focos de esas emergencias. Es un trabajo sumamente necesario, pero difícil de realizarse, pues requiere de la participación de un equipo multidisciplinario de científicos, de los gobiernos y también de la población”, afirmó la investigadora.

El grupo de la Fiocruz desarrolló la aplicación llamada Sistema de Información en Salud Silvestre (SISS-Geo), que permitió monitorear y prever futuros focos de la enfermedad durante el brote de fiebre amarilla del año 2018. Solamente en la región sudeste de Brasil, fueron casi 3.000 muertes causadas por el virus de la afección ese año.

“Nuestro trabajo de monitoreo permitió entender los caminos de la enfermedad. Trasladamos esos corredores a los estados de Paraná y Santa Catarina, y con la aplicación utilizada por los municipios [con seguimiento de las muertes de los monos], fue posible clasificar a las áreas según su grado de riesgo. Eso hizo posible planificar la vacunación de la población, anticipándola en las regiones prioritarias y estructurando equipos para las áreas rurales y aquellas más aisladas”, comentó.

Una relación directa

Marcus Barros, expresidente del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (Inpa) y del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables (Ibama), puso de relieve la relación entre la deforestación y los sucesivos brotes o el surgimiento de nuevas enfermedades en la región amazónica.

“Actualmente sigo alarmado las noticias sobre el desguace de las políticas ambientales en la Amazonia y sus enormes consecuencias para el medio ambiente y para la salud de las poblaciones humanas. Sabemos que el desmonte es el hilo conductor de la propagación de enfermedades, y que el medio ambiente y la salud están sumamente ligados”, dijo.

De acuerdo con Barros, no por casualidad e históricamente ha existido una relación entre los brotes de malaria y el avance de la minería de oro o de grandes proyectos de infraestructura en la Amazonia. “Otro caso interesante es la enfermedad de Chagas, que antes no existía en la Amazonia. Pero apareció en las cabeceras de los ríos entre los productores de azaí y de arasá rojo o guayabo peruano”, comentó.

Barros también se percató de la relación entre el desmonte y los casos de leishmaniasis desde las décadas de 1970 y 1980, cuando era docente. “Cuanto más se deforestaba, más surgían nuevos casos de esta enfermedad. Hicimos esa constatación durante la ocupación del barrio São José Operário [en el este de la ciudad de Manaos, la capital del estado de Amazonas], en la década de 1980. En cuestión de días subieron de 30 a 200 los casos de leishmaniasis tegumentaria, conformando una relación directa entre la enfermedad, la deforestación y la ocupación desordenada del espacio regional”, afirmó.

En el transcurso de 50 años trabajando como médico y docente de infectología, Barros también siguió de cerca el surgimiento de nuevas enfermedades en la zona. “Es el caso de la fiebre hemorrágica de Altamira [un municipio en el estado de Pará, en la región norte de Brasil], la fiebre negra de Lázaro. Tampoco existía acá en la región amazónica la leishmaniasis visceral, ni la enfermedad de Chagas.”

El profesor aboga por que la política de salud para la Amazonia sea distinta a la del resto de Brasil, debido a las características de la región, especialmente en lo atinente al clima, a la densidad demográfica y a la gran diversidad étnica.

“El COVID-19 llegó a la Amazonia en un contexto de estímulo a la deforestación emanado del actual gobierno. En principio, los poderes locales minimizaron los riesgos. Los necesarios cuidados preventivos se desatendieron. Ni siquiera se tuvieron en cuenta las características regionales, como el hecho de que los pueblos indígenas exhiben una baja resistencia a las enfermedades virales, algo conocido ampliamente. No hubo una planificación, ni una mejora de la infraestructura médica. Al contrario, el gobierno central puso en práctica una estrategia totalmente anticientífica, con la distribución de medicamentos sin ninguna eficacia contra el COVID-19”, opinó.

Ester Sabino, docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FM-USP) y coordinadora del Centro Brasil-Reino Unido para el Descubrimiento, el Diagnóstico, la Genómica y la Epidemiología de Arbovirus (CADDE), también considera que resulta urgente implementar estrategias con miras a detectar los riesgos epidémicos antes que surjan, algo posible con base en el monitoreo de virus, animales hospedantes y reservorios.

“Esto es algo lindo a la hora de diseñarlo, pero difícil a la hora de implementarlo. Incluso porque las tecnologías con capacidad para detectar a esos virus son muy caras y resulta difícil ofrecérselas a gran escala a la población. Más allá de ello, existe una dificultad cuando se trata de importar materiales para el estudio de los patógenos. Un iniciador o primer para PCR [el método que permite identificar patógenos con base en su material genético], por ejemplo, tarda más de 30 días hasta que llega acá. Toda esa tecnología de investigación debe estar disponible para que los científicos hagan su labor”, subrayó.

Para la investigadora, la pandemia de COVID-19 mostró la importancia del monitoreo de patógenos. “Resulta interesante observar de qué manera China detectó el primer caso de COVID-19. Porque es un ejemplo que nos lleva a pensar si nosotros estaríamos preparados en caso de que esa neumonía se hubiese detectado en un mercado en São Paulo, por ejemplo. Si el agente etiológico de una neumonía no es monitoreado constantemente, va a parecerse a una enfermedad viral como cualquier otra y tardará hasta que se detecte la correlación de casos y que se trata de una epidemia.”

Sabino destacó que el hecho de que Brasil no realice un diagnóstico sistemático de las infecciones resulta en una enorme laguna de tiempo entre la circulación de nuevos virus en la población y los primeros casos detectados de enfermedades.

“Un estudio reciente, basado en la secuenciación del virus del Zika, nos permitió inferir que el mismo ingresó en el país casi 18 meses antes de que se notificase el primer caso. Esto muestra la necesidad de que disminuyan los costos de los test para ampliar nuestra capacidad de detección. Al fin y al cabo, nuevos virus pueden entrar al país y podemos seguir creyendo que es dengue, tal como sucedió con la epidemia de zika”, dijo.

De acuerdo con Sabino, uno de los casos más significativos al respecto de esta laguna existente entre la circulación y la detección de un patógeno es el VIH. Hay estudios que muestran que dicho virus se encontraba en circulación desde la década de 1920, pero recién a partir de la década de 1980 empezó a diagnosticarse el sida.

“La epidemia de sida también nos enseña al respecto de las consecuencias del negacionismo. En la década 2000, Sudáfrica tenía un presidente que la negaba y hasta los días actuales, 20 años después, la principal causa de muerte en ese país es el VIH y no el COVID-19. Este caso es impresionante para confirmar que las medidas que no se toman pueden impactar a largo plazo en la evolución de una epidemia”, afirmó.

Sabino realizó una serie de estudios sobre la propagación del COVID-19 en Brasil y pone de relieve que la evolución de esta enfermedad transcurrió de modo muy diferente en los distintos estados y en las regiones de Brasil. Un caso atípico fue el de la ciudad de Manaos, donde hubo una explosión de casos.

El equipo de investigadores realizó un estudio con datos de donantes de sangre que mostró una alta prevalencia del nuevo coronavirus en la población de dicha ciudad, la capital del estado de Amazonas, como así también una rápida baja de anticuerpos para COVID-19 en el transcurso del tiempo.

“Nuestro estudio mostró la existencia de una tasa de ataque de al menos un 70 % de la población de donantes y una rápida pérdida de la inmunidad, al menos de aquella relacionada con los anticuerpos contra el virus. Esto demostró a mitad del año pasado que si se produjese una segunda ola [cosa que sucedió efectivamente] en aquella población se registraría una pérdida importante de la inmunidad después del primer ataque. Esto puede observarse en diversos lugares del mundo. Incluso poblaciones con altas tasas de ataque sufrieron las consecuencias de una segunda ola y también la aparición de nuevas variantes.”

La serie de seminarios “La salud y el ambiente en la Amazonia en el contexto del COVID-19” es una iniciativa que congrega a la Universidad de Campinas (Unicamp), la USP, la Universidad Federal de Pará (UFPA), el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe), la Universidad Federal de Rondônia (Unir), la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC) y la Michigan State University (MSU), de Estados Unidos.

El primer seminario completo se encuentra disponible en el siguiente enlace: www.youtube.com/watch?v=kd13uoLoUCY. Y puede accederse al segundo evento en: www.youtube.com/watch?v=RKqXys_V3RY. En tanto, el tercero aparece en el siguiente vínculo: www.youtube.com/watch?v=yTRai1C8Go4&t=161s&ab_channel=Ag%C3%AAnciaFAPESP. Y el cuarto en: www.youtube.com/watch?v=tXgd2C06M2k&t=3234s&ab_channel=Ag%C3%AAnciaFAPESP
 

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